Picasso en la ventana

Ella se asoma a la ventana. Imagina otros barrios, otras puertas, otras identidades. La sensación de libertad. Tiene ocho años pero empieza a entender cómo funciona el mundo. No es que esté muy de acuerdo, pero ella es solo una niña de ocho años que mira por la ventana. Afuera llueve. Piensa en si otros niños estarán jugando en la calle. Si lloverá lejos de aquellos muros invisibles. Suspira, resignada. Coge su libro de Mafalda y se va a la habitación.

Ella se asoma a la ventana. Imagina otros lugares, otros espacios, otras realidades. La sensación de libertad. Tiene dieciséis años pero empieza a comprender todo lo que está pasando a su alrededor. Le indigna lo que está pasando mientras se tiene que quedar entre cuatro paredes. Afuera, hay nubes. Piensa en si alguien, lejos de allí, pensará en ella. Si habrá alguien que la recuerda lejos de aquella jaula tan real. Se atusa el pelo, indignada. Coge su libro de Mafalda y se va a la habitación.

Ella se asoma a la ventana. Imagina otros pueblos, otros países, otras ciudades. La sensación de libertad. Tiene veinticuatro años y ya ha comprendido cómo funciona el mundo. No solo no está de acuerdo sino que su rabia no hace más que aumentar, pero ella solo es una ciudadana que no puede cambiar el mundo. Afuera llueve. Piensa en si habrá otra gente como ella, odiando lo que está sucediendo, si es que a otras personas también le pasa. Afuera, el sol está en lo más alto. Piensa en si algún día podrá salir a pasear, agarrada de la mano de otra persona. Si habrá alguien que la quiera y pueda hacerle sonreir. Grita, desolada. Coge el libro de Mafalda y se va a la habitación.

Ella mira cómo su hija se acerca a la ventana. Piensa en la curiosidad de su hija y en cómo esta descubre otros caminos, otros objetos, otras cosas. La sensación de libertad. Tiene treinta y cinco años y ya está harta del mundo. No solo no está de acuerdo con lo que sucede en él sino que, desde su espacio, actúa activamente por intentar cambiarlo. Le llaman radical, pero ella solo quiere un mundo mejor para ella y su hija. Afuera el sol luce con gran esplendor, pero en su casa da la sombra. Piensa en si llegará el día en que todo cambie y haya un mundo mejor para todos y no solo para unos pocos. Llora, impotente. Coge un libro de Mafalda y se va a la habitación.

Ella camina hacia la ventana. Piensa en todo lo que ha vivido en esas cuatro paredes. La sensación de ahogo, de falta de libertad. Tiene setenta y cinco años y no conoce otra cosa que su casa. No solo no está de acuerdo con lo vivido sino que le parece completamente injusto. La rabia ha inundado su cuerpo hasta borrar la sonrisa de su rostro. Afuera el sol no ha salido todavía. Aprieta los dientes de rabia. Coge un libro de Mafalda y se va a la habitación.

Escucha un ruido. Una verja se abre.

Se asoma a la ventana y mira tras ella. Ve a una señorita joven, que va hacia su casa. Ella se pone nerviosa. Es la primera vez que alguien va a su casa.

Llaman a la puerta. Con el corazón en la mano y portando el bastón, camina a abrir la puerta.

Ante ella, está la señorita.

-Es hora de salir, Mafalda, dice la señorita, tendiendo la mano.

La mujer suelta el bastón y se agarra a la mano de la muchacha. Deja la puerta abierta mientras un cuadro de Dalí y otro de Picasso relucen al fondo, con el libro de Mafalda en el suelo, sonriendo, por fin.

 

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