Señor X

El Consejo de Administración se encontraba reunido. El sol brillaba a través de las grandes ventanas del despacho situado en la planta 155 del la Torre Towers. Todos los consejeros tenían papeles en las manos, esperando a que el Señor X abriera la boca.

– ¿Y bien?, dijo el Señor X.

Los consejeros empezaron a removerse.

– Nuestro candidato ha sido solvente, señor. No se ha movido de los márgenes establecidos y ha conseguido ser eficiente en la propuesta, dijo el consejero delegado.

– Además, continuó otro de los consejeros, nuestra opción B sigue a la espera de órdenes en caso de que nuestro candidato tenga algún tipo de remordimiento.

– Pero sabemos que no es así, musitó otro.

– Sabemos que no es así. Sabe lo que se juega. Sabe las consecuencias.

El Señor X daba caladas a su gran puro mientras escuchaba a sus consejeros.

– ¿Medios de comunicación?, inquirió el Señor X.

– Como siempre, señor. Lo que digamos. Cuando digamos, dijo uno de los consejeros, agazapado tras sus gafas.

– Tanto Y como Z saben qué deben hacer. Han hablado ya con C y D y estaría todo dispuesto en cuanto diéramos la orden.

– Maravilloso, dijo el Señor X. Maravilloso.

Levantándose de su silla, el Señor X prosiguió hablando.

– Señores, hoy es un gran día para la democracia. El pueblo ha hablado y nosotros hemos sido magnánimos con lo que demandaban de nosotros. Hemos sido firmes en las convicciones y hemos sabido dirigir la nave con precisión, sin fisuras. Salvando el país otra vez más. Todo por ellos. Todo. Por. Ellos.

El Señor X se dio la vuelta y siguió fumando de cara a la ventana mientras los consejeros se iban, desapareciendo uno tras otro por la puerta.

Un gran día para la democracia.

El telefonó sonó y el Señor X se acercó el auricular a la oreja.

– Tiene una llamada del presidente, señor, dijo su secretaria.

– Gracias, H, pásemelo.

Al otro lado de la línea se oía una voz mezcla de euforia y nervios.

– Señor, como usted había dicho, todo ha salido bien. Todo está como usted ha dispuesto.

El Señor X colgó el auricular y reflexionó durante unos segundos. Sabía que el presidente ya no le valía. Decidió hacer pasar a su consejero de confianza.

– Consejero, dijo el Señor X, active el Plan B. Nuestro candidato parece tener ínfulas de poder. Ya es hora del relevo.

– Así se hará, señor, dijo el consejero, haciendo una pequeña reverencia y saliendo del despacho.

El Señor X parecía estar ahora satisfecho. Era solo otro país más donde extender sus tentáculos de poder, esta vez con mayor facilidad si cabe. El mundo era perfecto y los planes encajaban. Pronto darían beneficios y él, como todos los señores X del mundo, habrían salvado al planeta de la anarquía.

155 plantas más abajo, una chica con un cigarro en la boca y un cóctel molotov en la mano izquierda, permanecía apoyada en la pared. Se subió el pañuelo del cuello hasta la nariz y comenzó a andar hacia la puerta del edificio.

Efectivamente, hoy era un gran día para la democracia.

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