Lascivia

A la que despuntaba el alba la boca tocaba otra boca. Otro mundo, otra época quizá, dos cuerpos alejados del espacio-tiempo que se buscaban y se perdían en una telaraña de brazos y piernas, rebuscándose el alma en cada contacto, suave, áspero, dulce, que hacía remover al otro en cada poro de su piel.
El alba despuntaba, decíamos, y las sábanas eran testigos de un maremoto. La atmósfera, a cada rato viciada, no dejaba dudas a lo sucedido en la habitación. Pequeñas y finas líneas iban y venían en el liviano aire entremezclado con anhelos y suspiros.
El frío que vivía en las esquinas dejaba paso a un centelleante ardor en el centro de la estancia. Un vívido recuerdo de llamas que intentaban buscar las últimas bocanadas de oxígeno.
Una lucha de gigantes hercúleos que pelean a golpe de sable y redes, forcejeando, retorciéndose, evitando ser vencidos, dejándose hacer, forzando el empate, suplicando la derrota y robando en el útlimo minuto la ventaja a su oponente. Marcas de dedos, pieles rosáceas (cuando no rojas), blanco nácar de mármol etéreo.

Unas mejillas sonrosadas. Un retorcimiento de placer, un alma satisfecha. Una mañana fría de invierno donde el café está a punto de hacerse. Un estallido de júbilo en la ducha. Un sentido a que todo cuadre.

Un no olvidar que somos humanos. Recordar que los dioses nos envidian.

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