Entrañas

Cuando el aire cerró la puerta bruscamente sabíamos que no había escapatoria y aceptamos nuestro destino. Total, era cuestión de tiempo. Cosas de nacer en la otra margen del río. Estigmas que crecen en nosotros.

Asumimos al principio lo acontecido con estoicidad. Y apretamos los dientes. Joder, llevamos apretando los dientes desde el útero materno. Así que esta situación no nos pilló de nuevas.

Sin embargo, lo que desencadenamos sí que fue inesperado…

Aprenhendimos todas las sensaciones. Cada ínfima parte de nuestro ser inhaló el veneno que nos sedaba y adormecía, ennegreciendo nuestras uñas, nuestra sangre. Cada músculo, cada órgano, ennegreciendo.

Lo que no sabían es que estábamos preparados…

Desde lo más profundo de nuestras entrañas surgió el asco, la reacción, el vómito. Una masa negra e informe emanó de nuestro cuerpo como un volcán en erupción.

Ya habíamos tragado bastante. Nunca más lo volveríamos a hacer.

Todo estalló a nuestro paso. Cada adoquín, cada carretera, cada cristal. Todo se iba, todo moría. Una reacción proporcionada al veneno inoculado durante años.

A nuestro paso solo dejamos restos de la nada que había existido antes. No había nada más. Exhaustos, decidimos recomenzar. No olvidar nuestras entrañas para ser mejores. Para no vomitar más.

Porque estamos hartos de vomitar lo que otros quieren que engullamos. Porque estamos hartos de vomitar. Porque estamos hartos. Porque estamos.

Y seguiremos estando.

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