Maletas

Ahí están, esperando a ser usadas. Algunas ya ni recuerdan cuándo fue la última vez que vieron la luz, ocultas al fondo de un armario. Pero ahí siguen, esperando.

Hay muchos tipos de maletas. Las hay grandes, capaces de almacenar gran cantidad de cosas. Las hay medianas, que tienen en su punto medio, la virtud. Las hay pequeñas, que permiten tener solo lo imprescindible.

Las maletas ven la luz en verano. Salen de casa, se hacen una puesta a punto y salen a dar paseos. En los aeropuertos ven otras maletas. Algunas pensaban que nunca se volverían a ver y mira, las vueltas que da la vida.

Las maletas siempre van de un lado para otro y nunca tienen tiempo para tomarse un café. Se dicen hola y adiós muy rápido, como los besos de esquimales frotándose la nariz. Pero siempre, en la bodega, hacen nuevos amigos.

La bodega siempre reúne todo tipo de maletas. Si bien es cierto que siempre hay maletas estiradas que quieren viajar al lado de su dueño, en la bodega es donde está la acción. Allí tienen montañas rusas, pasando de las manos de un rudo operario al duro suelo del avión y luego todas charlan amistosamente recordando anécdotas de un país lejano o de situaciones en las que las cremalleras se pusieron más tensas de lo habitual.

Lo peor de las maletas es que son pudorosas y no quieren que se vea lo que tienen bajo sus telas. El peor momento para ellas es cuando pasan el detector de metales y pierden la honra. Saben que su honor ha quedado mancillado y bajan la vista al cruzarse con otras maletas a las que les ha sucedido lo mismo.

Cada maleta es distinta a la anterior. Las hay cargadas de sueños, de esperanzas por empezar en otro lugar. Las hay tristes, melancólicas, cargadas de sueños rotos e incertidumbres. Las hay pasajeras, deseosas de ver mundo por unos instantes. Muchas maletas dentro de muchas vidas de la gente.

Las maletas, como las bicicletas, son para el verano. Y siempre estarán ahí para recordártelo.

Desempolva tu maleta. ¿A qué estás esperando?

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