El silencio del mundo

Desde la playa se oteaba un horizonte de estrellas. Ellas, tan lejanas, con su luz apagándose, testigas mudas de nuestro planeta. La noche inundaba todo y la Luna, en uno de sus escarceos nocturnos, dominaba la escena.

El rumor de las olas iba y volvía, calmado, muriendo en la orilla de la playa, con su rumor sordo. La arena, medio húmeda y medio seca, aguantaba mansamente cómo le lamían sus bordes, ahora salinos, en los que parecía descansar la Tierra de tanto girar.

A su lado aparecían los cuerpos, cadáveres que se esparcían a lo largo y ancho. Bloques de músculos, piel y huesos humanos que ya no exahalaban aliento.

La Luna iluminaba lo que el ser humano escondía: su vergüenza. Allí, en una playa remota donde los turistas suelen buscar su rincón para ser felices tostados al sol, el gris lunar señalaba los cuerpos de aquellos y aquellas que quisieron tener una vida mejor.

Días antes lo que casi no se puede llamar barco zarpó de un lugar remoto para el primer mundo. De las bocas, llenas ahora de arena con sabor a sal e insectos, brotaba una mezcla de miedo y ansiedad. El mar no hacía prisioneros, pues siempre escupe sus víctimas tarde o temprano.

La sangre entraba en ebullición mientras el primer mundo miraba como si no fuera con ellos. Otro día más. Otro momento más.

La Luna dominaba la escena, pero el mar era el protagonista principal, barrera natural de esperanzas y sueños. Su calmada marea era horas antes remolinos salvajes que se encorajinaban como cuando uno se pincha  con una flor. Su terrible y absoluta falta de empatía era el peaje a pagar. Algunos tuvieron suerte. Pero no hoy.

Hoy la Luna domina la escena en un horizonte plagado de estrellas, allá donde los turistas vienen a tostarse al sol en el primer mundo. En una tierra de cadáveres, de aquellas personas que se olvidan con la última novedad.

El mar iguala a todos. Hombres recios, mujeres fuertes, embarazadas, niños, bebés. Todos iguales con un destino igual de idéntico.

El rumor de las olas seguirá trayendo cadáveres a lo largo de la noche mientras la Luna, como un guardia urbano, controlará el tráfico de cuerpos.

El silencio mudo de la noche es el silencioso estruendo de la vergüenza. Tu vergüenza, quizás.

 

A los sin nombre.

 

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