El niño que llevas dentro

“Somos el tiempo que nos queda, la vieja búsqueda, la nueva prueba.
Yo tampoco sé vivir, estoy improvisando”
(letra extraída de la canción “Vivir para contarlo” del grupo “Violadores del Verso”)

Es complicado intentar llegar a entender por qué somos como somos. Qué nos mueve a hacer, o en algunos casos, a no hacer, según qué cosas. Tomar conciencia es un ejercicio tan exhausto como no obrar en consecuencia.
Por dónde empezar, por dónde intentar encontrar un discurso coherente que articule una sucesión de palabras. Cómo decir algo que merezca la pena decir. De todo eso es lo que se supone que uno debe escribir cuando aporrea el teclado.
Con el tiempo, uno traduce su rabia en incorformismo y nunca olvida al niño que lleva dentro (cómo pudiera, si con solo verse reflejado lo nota en cada espejo) y lo alimenta de recuerdos y sueños por hacer.
Pero hay gente que ha olvidado a sus niños, gente que tiene a angelicales personitas olvidadas en el más oscuro rincón de su alma por miedo a que les hagan daño, ignorando que justamente es eso lo que ellos hacen.
No existe nada bueno en pretender ser lo que no se es. Madurar no es ponerse corazas, eso no es cierto. Madurar es saber encontrar la virtud sin perder la perspectiva, nunca relegando a un segundo plano una fuerza de la naturaleza que llevas dentro.
Tu niño gordo quiere comer y debes alimentarle.
Puede que sean gordos, famélicos, feas, bonitas, con cicatrices en las muñecas, tuertos, cojos, o como quieran que sean, pero forman parte de ti y debes hacerlos brotar de tu interior. No existe fealdad en una sonrisa noble, ni el más profundo miedo en el puro odio. Hay que mirarlos como al enemigo que se planta ante ti y con respeto sabes que se merece ser tu igual, pues es casi una parte de ti.
En este mundo lleno de ruido y prisas donde cada uno secuencia su vida en función de la programación que toca hoy es casi ridículo pararse a pensar, reír, o incluso llorar. Y eso, es muy triste.
Dejen a sus niños salir, déjenles jugar. Olviden sus corazas, abran la puerta y permitan que la vida reciba lo que todos vosotros lleváis dentro, con vuestros miedos, vuestros anhelos, vuestra confianza.
Permítanles salir.
Sean niños.
Y olviden la brea del día a día.
Haganlo. Ya.
Salgan.
Mañana será tarde.

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