Cada cierto tiempo suena, de manera recurrente, el manido mantra de que el talento suele estar encorsetado bajo el auspicio de entrenadores intransigentes que quieren llevar la razón antes de que un jugador talentoso y diferente destaque. También está la otra vertiente, claro, la que dice que un jugador talentoso en el equipo debe ir por libre, porque el fútbol es de los jugadores y tienen que expresarse en el campo como son.

Ambas se parecen. Y ambas, mienten.

El talento es acortar tiempo 

El talento tiene muchas caras y muchos nombres. Pero, si nos referimos al fútbol, ¿qué es el talento? Y además, ¿el talento se puede medir? Cabría pensar que alguien con una batería de datos sería capaz de calibrar el talento de una forma precisa, pero en realidad no es así. Como explicaba el profesor Iñaki Refoyo en una clase sobre detección de talentos a principio de los años 2000 en el INEF de Madrid, él podía tener un ordenador con todas las estadísticas, pero luego aparecía un señor con bastón que observaba el entrenamiento y decía «el bueno es ése». Y acertaba. Una pila de datos no te da la capacidad de saber lo esencial a la hora de detectar un talento. Es el ojo entrenado el que marca la diferencia.

Se puede definir el talento como la capacidad para acortar tiempo de aprendizaje: lo que uno aprende en dos años, el talentoso lo aprende en dos meses. Eso hace que la gente con verdadero talento destaque en edades prematuras hasta encontrar ciertas resistencias.

A fuego lento el talento se forja mejor

Todo aquel jugador o jugadora con talento merece unos formadores a su altura. Y eso no es tan fácil como parece. Bien decía Paco Seirul.lo que Iniesta le «obligaba» a buscar ejercicios para desarrollar el talento. Enfrentarle a situaciones donde el talento se exprese y se eleve requiere tener formadores que sean capaces de potenciarlo, no de exprimirlo. Y muchas veces eso se confunde. El talento crece con calma lejos de las focos pero cada vez es más complicado cuando las cámaras se meten en los vestuarios, los medios de comunicación publican documentales cada 4 meses y las redes sociales crean ídolos de barro o mutilan carreras que parecían portentosas. No digamos las familias que ven que tienen en casa un cheque en blanco en miniatura. El deporte de élite es atroz y el talento hay que saber cuidarlo desde todos los perfiles, porque no hay una relación lineal.

El entrenador y el talentoso no son enemigos

El ego de los entrenadores y de los jugadores juega a veces malas pasadas. No en vano, según recoge Martí Perarnau en Herr Pep, Guardiola tiene una frase en la pizarra: los egos matan el vestuario. Ejemplos hay de todo tipo. Para lo más viejos del lugar, Javier Clemente y Manuel Sarabia. Para alguien más joven, Louis Van Gaal y Juan Román Riquelme o Rivaldo. Incluso hoy en día sigue habiendo encontronazos, los tuvo Guardiola con Ibrahimovic, Mourinho con Casillas o Ferguson con Beckham. Muchas veces hay que saber medir y ser asertivo. Otras veces, hay que decir «hasta aquí» ya sea por el bien del colectivo o por el bien propio. Los entrenadores no somos santos ni los jugadores tienen siempre razón. Los equipos son altamente sensibles y todos tienen que poner de su parte.

Baste el ejemplo de Luis Enrique, flamante ganador de la Champions League con el París Saint-Germain y la ya incónica frase «el año que viene controlaré a todos los jugadores» refiriéndose implícitamente a la salida de Kylian Mbappé hacia Madrid. La lectura puede verse desde muchos frentes: que Luis Enrique manda y el talento debe salir, que Mbappé no quería estar en un equipo donde no pudiera ser «libre» o incluso que el carácter de ambos no congeniaba. Visto lo que han enseñado las cámaras, es todo más sencillo: uno busca aunar esfuerzos en pos de una mejora global del equipo, otro busca una ambición profesional tras una etapa terminada en París. Y ambos tenían razón.

Ignorar al ignorante

El fútbol es un deporte con un recorrido más que centenario. Siempre ha habido voces que han buscado su nicho de mercado, su espacio de promoción o simplemente llamar la atención por cualquier motivo. Como decía el personaje de Harry Callahan interpretado por Clint Eastwood, las opiniones son como el agujero del culo, todos tenemos una y pensamos que la de los demás apesta. Va en nuestro ADN, como un instinto de protección y cierto complejo de inferioridad, que, generalmente, se debe superar con el tiempo y con formación. Y muchas veces eso es lo que falta, formación, lectura, profundidad y ciertas dudas a la hora de emitir una opinión.

No es igual cerrar la puerta del vestuario y estar dentro que estar fuera. No es igual diseñar un entrenamiento que verlo desde la grada. No es igual comentar en el bar que dentro de un staff técnico. Y no es por la falta de datos estadísticos, sino la falta de información importante y sobre todo, del oficio y la experiencia. Hablar es gratuito. Y de fútbol, más.

No se trata de exponer aquí una razón y supeditar al resto, sino de entender que muchas veces hay información que no sabemos y que debemos tratar con mesura. Y eso es lo que diferencia una opinión fundamentada de otra que, aun envuelta en una lírica preciosista, suena a plástico. En este mundo lleno de exposición querer pasar desapercibido es casi imposible. Pero al igual que muchas personas necesitan ese espacio de expresión, hay otras que buscan de manera poco honesta llamar la atención. Como decía Frank T «presumes de gritar, hacen más ruido los chillones».

Es necesario aunar esfuerzos en proporcionar una pedagogía a aquel que emita una opinión, buscando que ésta sea cercana a la verdad con la información que uno tiene (nunca tan cercana a la que controla un vestuario y un cuerpo técnico como es obvio). Es necesario tener un bagaje que, cuando se comente algo, sea con fundamento y no solo por tener ganas de notoriedad. Es labor de todos, y no de unos pocos, llevar el mensaje de que podemos pensar diferente, pero hay que argumentarlo. En un mundo de prisas, la reflexión no cuenta. Y el ignorante se envalentona.

El ignorante no tiene por qué ser una persona alejada del mundo del fútbol, solo tiene que anteponer su opinión (y su ego) antes que a la duda. Y con eso, si no hay algo que lo sustente, se basta en su perorata por decir lo mismo que esta última línea: nada, algo vacío, inocuo, que no aporta nada más que para generar tráfico en redes sociales, para llamar la atención de un incauto o para simplemente ser un troll.

Sólo así se pueden leer cosas como que lo colectivo mata el talento cuando el talento sin lo colectivo (y viceversa) no son nada. Que las academias/fútbol base de clubes matan el talento o que el fútbol verdadero es el fútbol de la calle. Todas esas aseveraciones pueden ser dichas por maldad o por ignorancia. Y lo primero, siempre lejos. Y lo segundo, siempre intentando no serlo.

En el siglo XXI hay ejemplos de sobra, bibliografía disponible, estudios, papers y demás artículos que explican la necesidad de tener una metodología exitosa. Se han escrito libros e hilos de tweets extensos sobre el desarrollo del fútbol como para que alguien venga ahora a exponer comentarios que parecen salidos de décadas atrás. El talento se canaliza, no se obstruye. El orden es necesario, pero que no encorsete. Entender nuevas definiciones de talento y de orden (Seirul.lo se alarga en estas palabras) provocarán nuevas opiniones más fundamentadas.

No hay verdades absolutas, ni en el fútbol, ni en la vida. Los entrenadores se equivocan, los jugadores, también. Por eso la duda es algo tan importante, porque nos permite crecer. Y la ignorancia es un freno enorme en nuestra sociedad. No sean ignorantes.

Diego Pablo Simeone va camino de su decimoquinta temporada a finales de 2025, lejos todavía de las longevas temporadas de Sir Álex Ferguson y ya no digamos de Guy Roux en el Auxerre (44 años en el cargo le avalan), pero con la sensación de desgaste acumulado. Demasiados sinsabores últimamente y la sensación de que el equipo necesita otra vuelta de tuerca.

Si uno analiza la figura del Cholo desde varios puntos de vista verá que es una jugada ganadora para todas las partes: la afición se entrega con pasión a uno de sus ídolos en el campo, ahora en el banquillo, la directiva respira porque tiene un parapeto antes de que la opinión pública les señale, los jugadores saben que les entrena un tótem colchonero y el propio Simeone sabe que va a tener en el conjunto del Manzanares (esté donde esté jugando el Atleti siempre será el equipo del Manzanares) unas condiciones que no se van a dar en otro club en cuanto a compromiso, dinero y recursos. En definitiva, todo ha salido bien con su fichaje.

Y ha tenido sus buenos momentos. Aprovecha al comienzo de su llegada una dinámica positiva para hacerse fuerte poco a poco, vuelve a situar al Atlético de Madrid cerca de las posiciones de cabeza y en Europa empieza a ser un equipo que levanta trofeos, como la Europa League o la Supercopa de Europa. Conquista una liga que parecía ya olvidada, una Copa del Rey y pierde dos finales de Champions de manera cruel (pequeño incisillo a lo Miguel Maldonado: el Atlético de Madrid ha jugado tres finales de Copa de Europa/Champions League y no ha ganado ninguna de las tres sin haber perdido en lo primeros 90 minutos, ver para creer).  Simeone da títulos en un lustro largo al Atlético de Madrid, pero las cosas van haciéndose cada vez más espesas.

Si miramos los números (algo que por mucho que se diga, vale de poco, ya saben lo que decía Lillo sobre las estadísticas), el Atlético de Madrid no ha pasado de cuartos de final de Champions desde la campaña 2016-2017. En Liga, teniendo a dos colosos como Madrid y Barça, levantar un título es muy difícil, y en mi opinión muy pocos aficionados colchoneros andan obsesionados con la Liga, sabedores de lo que tienen cerca. No son tanto los números como el posible hastío, la pesadez de la rutina.

Puede que el aficionado colchonero se esté cansando del juego del Atlético como se cansaba Cicerón de las conspiraciones de Catilina para ser cónsul romano. Puede que el entrenador argentino no esté dando con la tecla y siga persistiendo en su idea, quizá poco vistosa, pero que puede dar sus frutos en el futuro, como pensaba Catilina al unirse a Manlio. Puede también que, en un momento dado, alguien le pueda recordar al Cholo las palabras de Cicerón: Quousque tandem abutere, Simeone, patientia nostra? (segundo incisillo a lo Maltorres: defiendan las Humanidades).

¿Estarán los aficionados colchoneros impacientes por un cambio? ¿Estará Simeone con las suficientes ganas por seguir peleando cada título? Parece que en el conjunto atlético hay una doble convivencia: la que, por un lado, acepta su rol de tercer equipo en la disputa de títulos domésticos y la que, por contra, exige estar más cerca de Madrid y Barça. Y que, cuando eso no pasa, va a intentar al menos encontrar cierta alegría en el juego del equipo. La pregunta que habría que hacer al aficionado colchonero es, si en todos estos años, el juego del equipo de Simeone les ha gustado.

Simeone no es Guardiola  ni practica el juego de posición (algo que quedó claro en su visita a Barcelona cuando comentó, con razón, que él no sentía esa manera de jugar), tampoco tiene la necesidad de ganar cada partido como puede ser la urgencia del Real Madrid, donde un empate ya es un gesto torcido. No parece que haya habido una evolución en la propuesta más allá de movimientos tácticos que han desembocado en una línea de 5 jugadores que surtió un efecto momentáneo pero que encorseta en gran medida los siguientes movimientos del equipo. El fútbol de los entrenadores y sus ideas está cambiando relativamente rápido. Si hasta el Real Madrid tiene un entrenador que apuesta por el Juego de Posición (algo impensable en Chamartín), ¿qué tipo de actualización va a realizar Simeone para que su equipo sea competitivo de nuevo?

En alguna rueda de prensa el entrenador argentino ha tenido que «justificar» la capacidad de poder optar a un título. En la última temporada, sus incorporaciones han sido de gran nivel, pero no ha encontrado ninguna posibilidad de luchar por la Liga. En Europa, otra vez ante el Real Madrid, volvió a sucumbir. Y ese es otro factor que también puede pesar: la terrible losa que es perder dos finales de Champions League contra el eterno rival y que en el imaginario colectivo colchonero se vea como una tarea imposible poder superar al Real Madrid desde el aspecto psicológico.

El desgaste de un entrenador de élite es enorme. Catorce temporadas seguidas pasan factura. Veremos qué decide Simeone, renovado hasta 2027, en el que parece ser un nuevo proyecto que despegue una vez asentados los nuevos fichajes. Esperaremos a que ruede el balón para evaluar la propuesta de Simeone. Quizá sepamos ya lo que puede pasar, viendo las temporadas anteriores. Siempre habrá ilusión, pero, si se desvanecen la opción de títulos pronto, puede que los aficionados empiecen a recordar de nuevo las palabras de Cicerón.

De las señas de identidad del Real Madrid se han escrito verdaderas epoyeyas, encíclicas enteras sobre lo grande que es (y lo es) su escudo y su historia. Desde las ideas de Bernabéu diseñando la Copa de Europa, la Santísima Trinidad de Di Stéfano, Puskas y Gento, el Madrid de los Ye-Ye y la Séptima de Amsterdam hasta las de las remontadas imposibles que solo parece hacer el conjunto blanco en un remate de Sergio Ramos o ante el City en semifinales. Dicen que nunca se rinden, y su relato se compra.

Pero hay cosas que se dicen menos. Como que desde hace unos años han sabido adaptarse haciendo propio caminos que en principio no han sido de su agrado. Y no, no es (o no es sólo por eso) por el fichaje de Xabi Alonso como entrenador, trayendo, en teoría, el juego de posición a Chamartín.

Llega Guardiola, hay que hacer algo

La irrupción de Pep Guardiola como entrenador al más alto nivel es absolutamente gigantesca en su primer año y se lleva por delante a Schuster y a Juande Ramos con el agravio del 2-6. Las alarmas saltan, porque la grieta es abismal y la diferencia no para de crecer. La Mano que Mece la Cuna, que había dejado el palco durante unos años, vuelve y decide buscar antídotos: el primero, Manuel Pellegrini.

Los equipos de Pellegrini tienen gusto por el balón y la asociación. Por contra, son lentos como un elefante en la sabana, suelen llegar bien a su destino pero no logran rematar el objetivo. Además, La Mano que Mece la Cuna gasta dinero a espuertas porque no puede tolerar que el Barça logre lo que apunta: una dominación tiránica. Llegan Xabi Alonso, Benzema, Kaká y Cristiano Ronaldo junto a sus presentaciones mastodónticas. Casi nada. Y el Madrid, echa a andar.

Luego llegó Alcorcón y una humillación histórica (pequeño incisillo a lo Maltorres: en aquella época salía a preparar la pretemporada de mi equipo cerca del equipo de Anquela y ya en agosto veía los entrenamientos del conjunto alfarero y me asombraba lo bien que encajaba todo a esas alturas), el desastre ante el Lyon sin un ápice de emoción y la sentencia florentinesca activada por medio de su mejor aval: Eduardo Inda al grito de «hola marquistas». Pocas veces se ha visto mayor miseria moral desde un periódico, lo cual no es fácil viendo según qué cosas.

Más allá de todos los errores y aciertos de Pellegrini, al que le construyeron un equipo que no casaba con sus gustos de manera clara y de su incapacidad de insuflar ilusión a la afición, el Barça de Guardiola seguía en crecimiento y su segundo año todavía era mejor en el juego que el año anterior. El madridismo miraba con terror que el Barça levantara una Champions en el Bernabéu. Y un nombre salía a relucir: José Mourinho.

Primero no imito, contrapongo

Después de que todo el madridismo contuviera la respiración con el gol anulado a Bojan en la vuelta de semifinales en el Camp Nou y viendo a Mou recorrer el campo culé empapado de agua, parecía claro que era el elegido. Había maquinaria, había ilusión por volver a ganar y un solo objetivo: echar a Pep Guardiola de la cima, sea como fuere. O como dijo el mamporrero florentinesco, por lo civil o por lo criminal.

Lo más gracioso de todo es que no era necesaria toda esa parafernalia para echar a Guardiola, no solo de la cima, sino del Barça. La Mano que Mece la Cuna se habría ahorrado mucho dinero si sólo hubiera entendido que el mayor enemigo del de Santpedor no estaba en Chamartín, sino sentado en el palco culé.

Si se echa un ojo con la perspectiva del tiempo, el propósito de desgaste tuvo su efecto. Pero por el camino se dejó muchas de las virtudes que han cimentado la historia del Real Madrid. Hasta el punto de que un entrenador del conjunto merengue agreda a otro entrenador y se permitan pancartas de apoyo o que su presidente diga que lo que su entrenador hace también es madridismo.

La primera idea, la del derrumbe, sale bien a medias. El Madrid tiene momentos buenos, vuelve a recuperar su orgullo pisoteado pero no acaba de contentar a muchos aficionados ni logra una ansiada Champions. Mourinho triunfa a medias. Algo hay que hacer. Guardiola marcha, harto de Rosell. Mourinho sale al poco tiempo, alardeando de semifinales. El Madrid sigue sin tener ese aura que le hacía invencible.

Segundo plan: Qué hace bien el rival, cómo puedo hacerlo mío

Supongo que alguien en la zona noble del Bernabéu pensaría, al ver a Lassana Diarra perseguir sombras culés tras el 5-0 donde el Camp Nou cantaba a un Mourinho agazapado en su banquillo, que ese plan no podía ser muy viable durante tiempo. Y se puso a analizar qué tenía el Barça que le hiciera diferente. Y como Messi solo hay uno, miró un poco más atrás. Y supongo que alguien haría la siguiente pregunta: ¿Cómo paramos a Xavi e Iniesta? Quizá, alguien, daría con la respuesta: trayendo jugadores de similares características. Y llega Luka Modric.

El croata intenta articular a un equipo que pasaba por tener a Khedira cerca de Xabi Alonso. Un primer paso pero no tanto como para poder dominar de manera recurrente. Se necesitaba algo más. Y lo encontrarían en una pataleta de Rummenige.

La llegada de Toni Kroos al conjunto blanco es la culminación de una idea: el Madrid decide que los centrocampistas dominen el juego. Lejos quedan los días de Casillas y Cristiano salvando al equipo, del desprecio al tan manido Tiki-Taka. El Madrid empieza a querer el balón para quitárselo al rival y minimizar a un Barça que, entre cambios de presidentes, tripletes efímeros y desastre económico iba a hacer aguas poco a poco. El Real Madrid crecía en juego, cuando hasta hace poco lo miraba con cierto desdén.

Tercer plan: Tranquilidad, escudo e historia

El experimento mourinhista dejó entre otras cosas un exceso de ruido que tampoco favoreció al madridismo. Kroos y Modric poco tenían que ver con Diarra o Khedira, la idea de un falso nueve con Benzema viniendo a recibir parecía ser bien acogida de repente y el estado de histeria de años atrás ya no era necesario. Sin Guardiola ni Luis Enrique, el Barça tenía otro tono. Y el Madrid, también. Y el Real Madrid volvió a lo que tenía antes, a dar preponderancia a los jugadores con entrenadores que hicieran menos ruido que los anteriores.

Que Zidane y Ancelotti fueran exitosos se entiende desde la visión de un Real Madrid que ha aunado en un  corto periodo de tiempo tres cosas: jugadores excelentes, un clima estable donde el Bernabéu era esencial llegado el caso y esa dosis de fe que el Madrid tiene a raudales.

En realidad la manida frase que se escribía anteriormente (escudo e historia) es un mantra que ayuda a meter miedo para aquellos incautos que duden, pero que no ganan títulos per se. «Dicen que nunca se rinde» o «Hasta el final» es simplemente recordar a los rivales que se enfrentan a un enemigo poderoso. Pero eso no hace ganar un sextete. Ni siquiera un triplete. Sólo ayuda en momentos puntuales en los que ningún equipo ha logrado sacar mejores resultados que el conjunto merengue. Había suerte, claro, pero lo que había sobre todo eran buenos jugadores que jugaban teniendo el balón como base. Y eso, aunque no era anatema, a veces se veía con cierta división de opiniones. Que le pregunten a Martín Vázquez.

El madridismo jugó bien sus cartas, trajo a sus «bajitos» y los hizo eternos.

Cuarto plan: ¿Juego de posición en el Bernabéu?

Ahora, con la retirada del, bajo mi punto de vista, mejor centrocampista de la historia del Real Madrid, Toni Kroos, y la salida de Luka Modric, el Real Madrid debe rearmarse, viendo que el Barça de Flick asoma la cabeza comandado por un Lamine Yamal espectacular y que en Europa el Arsenal le recordó que hay cosas que han ido cambiando en poco tiempo. La sombra de Guardiola en Europa ya es un hecho similar a la influencia de Jimmy Hogan a principios del siglo anterior, y el Real Madrid no quiere perder ese tren, siempre desde ciertas líneas innegociables como son la de traer jugadores muy buenos que ilusionen, como Kylian Mbappé. Guardiola no va a ir al Madrid, pero hay que buscar algo que sea capaz de igualar ese modo de jugar haciéndolo propio. Dicho de otro modo, el Madrid compra juego de posición. Pero, ¿lo impondrá Xabi Alonso?

No dejaría de ser paradójico que el Real Madrid y sus aficionados empezaran a aplaudir una secuencia de pases lo suficientemente larga como para desorganizar al rival, a hacerse preguntas sobre la manera más efectiva de sacar el balón desde atrás o ver extremos con la zamarra madridista pegados a la cal. No hace tanto, el dedo de Mourinho guiaba el camino. Ahora puede ser el tercer hombre.

Como en todo, habrá detractores de este juego, pero viendo que las semillas que plantó Seirul.lo, regó Cruyff y germinó Guardiola se van esparciendo por Europa, el Real Madrid hace algo lógico: no juega ya contra un equipo que practica juego de posición, juega contra más de uno. Juega contra Arteta, contra Luis Enrique, contra Guardiola. Algo hay que hacer porque ese tren está carburando, aunque haya que leer por redes sociales a panfletarios que avecinaban un apocalipsis por las eliminaciones gunners y citizen olvidando de manera partidista que Luis Enrique ha hecho historia en París. No es que todos los equipos jueguen igual o practiquen juego de posición, no. Es que los que están triunfando de manera más recurrente son los que lo practican o lo asimilan.

El Real Madrid, como todo club, hará lo que sea por seguir en la senda del éxito. Si fue capaz de imitar el perfil de jugadores, también puede imitar la idea de juego que está cosechando éxitos. El Real Madrid ha hecho ese viaje y le ha salido bien. Pero es un viaje de un solo sentido: cuando el Barça ha intentado ser el Real Madrid no ha salido bien. Y es algo que no se debe olvidar en tierras catalanas.

Mientras, Xabi Alonso está en camino.

 

El primer año del Barça de Hansi Flick ha sido exitoso en cuanto a títulos e ilusión. Y es que el entrenador alemán ha conseguido tener una plantilla que ha respondido en distintas situaciones, tirando de fondo de plantilla ante tanta lesión, respondiendo con carácter tras un mes de derrotas, reorganizándose y peleando hasta el final en Europa. Es un año ilusionante. Pero un segundo año exige más.

Cuando tus jugadores son mejores que antes

El corto historial de Xavi como entrenador del Barça dio paso a la llegada de un entrenador que ya tuvo que lidiar con cambios en Munich. Nadie pone en duda la mejora que ha habido a varios niveles, pero se lee menos que la base que tenía Flick, el suelo con el que contaba, era mejor que el de Xavi. Esto no significa que fuera más fácil, pero es una verdad objetiva: un año más de Lamine Yamal, Cubarsí y Pedri es mucho a estas edades en términos de madurez. Además, el entrenador alemán no tenía que contar con el peso de ser un ídolo local, con lo cual todo era más tranquilo (si eso existe en Can Barça) a comienzo de curso, máxime si se mira al otro lado del puente aéreo donde aterrizaba Kylian Mbappé tras levantar otra Champions. Había expectativas, pero se podía construir con la calma que necesita un entrenador. Por último, la barrera del idioma permite también ser menos transparente de cara a una opinión pública que puede hacerte esclavo de tus palabras.

Con todo esto, Flick tenia que diseñar un equipo que fuera competitivo y consistente. Y lo ha logrado.

Tirar la línea al centro del campo

Las modificaciones de Flick han surtido efecto porque, en algunos casos, ha pillado por sorpresa a sus oponentes. Cuando los rivales buscaban cómo desactivar a un Barça que pudiera ser dubitativo con balón, que fuera más largo y menos asociativo, colapsado como sucedía con el Barça de Xavi acumulando demasiada gente sin tanta movilidad, Flick decidió empezar tocando pequeñas cosas, como la altura de la línea defensiva. Un equipo más junto obligaba a que los rivales fueran más precisos. Y Flick, aplicando la frase de Lillo «si quiero evitar riesgos, arriesgaré», empezó a marcar el paso a sus oponentes. Pero eso se logra con dos centrales que sean capaces de entender el juego y convencimiento de los jugadores en rectificar y correr hacia su portería cuando han sido superados. Y es que ha habido mucha diferencia en el Cubarsí-Iñigo que en otras combinaciones en las que esté Aráujo.

Pequeño incisillo (que diría el gran Miguel Maldonado) sobre Araújo: se han escrito tantas loas por gente que se sube al carro de todas las modas que ahora nadie se hace cargo del cadáver deportivo del uruguayo. Y eso habla más de los que escriben que del jugador.

Ritmo alto, precisión arriba

No ha necesitado el Barça una sucesión de 40 pases para poder establecerse en campo contrario. Tampoco parecía ser ése el objetivo, sino que a través de una salida de balón clara y unos espacios a atacar que permitían situaciones de 2×2 o 1×1 todo se reducía a ser capaz de materializarlas. Y desde luego, nadie, quizá ni él mismo, esperaba un rendimiento como el que ha tenido Raphinha en ese aspecto. Capaz de venir por dentro para sumar y sobre todo para recibir en intermedias para lanzar un tiro que se alojaba en la red de manera mucho más habitual que de costumbre, el brasileño ha crecido en confianza. Lewandowski también ha sido capaz de estar en unos buenos números, logrando 27 goles pero opacado en el pichichi por Mbappé y en las portadas por Raphinha y Lamine Yamal.

Lamine Yamal, el nuevo Picasso

Diego Velázquez se pasó la vida entera pintando como los dioses a través de nuevas técnicas, evolucionando, difuminando suelos, pintando techos y hasta el aire de una sala. Todo eso lo absorbió un imberbe Pablo Picasso para, como todo genio, coger lo que hacían los anteriores, hacerlo propio y hacerlo cuando todavía eres joven.

El Velázquez de Lamine Yamal se llama Leo Messi. Y donde el genio rosarino iba cimentando momentos inolvidables, el del barrio de Rocafonda copiaba y se apropiaba de sus formas y gestos, creando su molde a partir de los cuadros que pintaba Messi en sus campos. Le queda muchísimo para poder llegar a recorrer todo el camino, pero al menos está en el camino correcto. Pero bien haría en recordar que todo es efímero. Y si no, que se lo pregunten a Ansu Fati.

El año (ahora sí) de la llegada de Pedri

El difunto Tito Vilanova acuñó una gran frase sobre Iniesta y su tiempo a fuego lento, viniendo a decir que si el de Fuentealbilla no se asentó en el once del primer equipo hasta los 21 años, qué hacía pensar que otros sí. Los tiempos han cambiado y ahora los insolentes jóvenes culés están tomando las riendas, pero hay cosas que, por mucho que se hagan antes, no se aprenden. Como el oficio de saber gestionar a tu equipo cuando te dan los mandos.

Al canario le ha costado sobreponerse de manera constante durante estos años por razones bastante lógicas: inexperiencia al más alto nivel, lesiones, temporadas maratonianas y un equipo alrededor todavía sin florecer. Ante eso, sumado al adiós de Messi y otros compañeros, había mucho que reconstruir.

De Pedri se han leído tantas alabanzas que ahora, cuando por fin está siendo el jugador reconocible capaz de liderar a su equipo cada vez con mejor tino, resultan ridículas. En un mundo donde el entorno culé estaba deseoso de encontrar a un nuevo Iniesta y a un nuevo Messi al día siguiente, nadie se paró a pensar en que tanta alabanza desvirtúan realidades. Pedri apuntaba, ahora dispara. Y lo siguiente que tiene que hacer es disparar de manera recurrente todo su juego y ser el Motor de Juego Primario que el Barça desea. Los años anteriores eran buenos pero siempre con algún pero, este es el primer año en el que Pedri eleva sus prestaciones de manera constante.

Lo que tampoco se dice, porque no interesa o no se ve, es que tanto él como De Jong se han beneficiado del gran jugador del que se habla menos: Pau Cubarsí.

El fútbol se construye a partir de los centrales con buen pie

Nadie dirá que sin Cubarsí las prestaciones de Pedri serían mucho menores porque mucha gente practica el onanismo desbocado en redes sociales y no van a hacer un análisis profundo pensado en las ciencias de la complejidad cuando tienen una aplicación que le muestra estadísticas, eso ya lo sabemos.

Pero si se quiere un análisis más riguroso se puede comprender perfectamente que todo afecta a todo y que sin el canterano limpiando rivales para encontrar a Pedri o a Raphinha sería imposible una buena versión de éstos. Igualmente, a Cubarsí le afecta tener a Iñigo y no a Araújo, que son el día y la noche. Y que su perfil en el lado derecho del equipo culé (en vez de jugar en la izquierda como con Xavi, donde también era muy bueno), ha activado a un Jules Koundé mucho mejor que antes.

Pau Cubarsí es el secreto mejor guardado de este Barça que se está construyendo. Y al que De Jong y Pedri deben un tercio de sus prestaciones, porque un central que busque un tercer hombre para que el neerlandés o el canario reciban de cara es una cosa muy distinta  a las interminables conducciones de Frenkie o a la menor capacidad de ejercer el dominio a través del balón de Pedri (otro tercio se lo deben a aquel que hace que sus pases acaben en la red, Lamine Yamal).

Cubarsí tiene otro espejo, al igual que Pedri y Lamine, donde mirarse: Gerard Piqué. Pero en su caso tiene algunas ventajas de partida que los anteriormente citados: limpia mejor los rivales y tampoco llena portadas ni hace tanto ruido externo (de momento).

Un portero ajeno y unas eliminatorias engañosas

Se pueden seguir haciendo todas las loas que se quieran dependiendo de lo hooligan que uno sea, pues se ha ganado con solvencia la Liga, el Madrid de Mbappé no ha sido el ganador en trofeo alguno y hay un triplete doméstico que te da todas las razones si quieres justificaciones. De eso, no hay duda, todo depende de lo llena que esté la panza de cada uno.

Pero si se quiere ser juicioso (no confundir con un amargado que solo ve lo malo), hay que señalar que el Barça ha tenido un camino a recorrer en Europa relativamente sencillo, que permitía soñar con una Champions y que a la primera que se encontró un buen equipo, como fue el Inter de Inzaghi por mucho que fuera barrido en la final por el PSG, quedó eliminado. Eso sí, dando la cara, pero encajando 7 goles.

Y con un portero que, aunque al final la sensación es de felicidad global debido a los títulos, ha estado lejos. Sommer, Raya o Donnarumma han alcanzado un gran nivel en consonancia a sus equipos, pero el bueno de Szczęsny no está a ese nivel. Tiene tarea pendiente Deco para traer a un portero que, cuando llegue lo importante, sea un bastión que proteja a su equipo en las estampidas de Anfield, los minutos locos del Bernabéu o los contraataques rivales.

Addenda: Las redes sociales crean matones

Hace meses que dejé de interactuar en la red social Twitter (o, como dice el gran Facu Díaz, X para los tontos) porque no tenía intención alguna de comulgar con el fascismo. Hace poco mi móvil empezó a llenarse de mensajes de esa red y no supe bien a qué se debía hasta que buceando en las menciones vi que alguien había comentado un tweet mío de hace… un año.

Como dicen los Hora Zulú, es más fácil hablar mierda que hablar de matemáticas y mientras uno señalaban el tweet, otros disparaban insultos, lo cual reafirmó mi decisión de salir de semejante cloaca. Un modus operandi típico: alguien coge un tweet suelto, en este caso sobre el Barça de Xavi, comenta de manera inofensiva en apariencia y lanza a las hordas que esperan sedientas.

Cuídense de la mala gente en todas sus formas.

David Silva siempre tenía un regate de más. Un regate corto, seco, generalmente hacia su pierna menos buena, para luego dejar un pase franco en bandeja a un compañero. Un jugador que tenía tan claro en la cabeza lo que quería que se desarrollara que siempre fue diferente. Leer más

«El año pasado, Touré cubrió las espaldas de los pequeños. Por eso creo que erraría gravemente Guardiola si se cree que Busquets puede cubrir ese puesto. Busquets, con Touré, perfecto; sin él es insuficiente.» -Luis Racionero, marzo de 2010.

«A un toque eres el mejor del mundo. A dos toques, eres muy bueno. A tres, ya eres discreto”-Pep Guardiola a Sergio Busquets.

Sergio Busquets deja el Fútbol Club Barcelona y una montaña de títulos detrás. Un jugador de otra época, lento en sus desplazamientos, sin una gran colección de tatuajes en su cuerpo ni una nominación al Balón de Oro. Por no tener, parece que no tiene ni los músculos desarrollados.. Un nombre que era familiar en Can Barça y no precisamente de manera positiva. Un jugador espigado, hijo de un portero extravagante, que llegó a la vida del aficionado culé en uno de los mejores partidos que el Barça practicó tras varios años de neblinas.

Fue un 1-1 ante el Racing de Santander en la segunda jornada de liga. Su presentación en el Camp Nou en un partido en el que la mayoría de aficionados culés se tiraban de los pelos por las ocasiones falladas ante los racinguistas tras la derrota inicial en Los Pajaritos frente al Numancia. En el banquillo, Pep Guardiola, con el soci con la mosca detrás de la oreja tras tan terrible comienzo. En el palco y en la pluma, Johan Cruyff, que recuerda en las líneas de El Periódico que el Barça pinta «muy, muy bien». Como siempre con el genio neerlandés, había una parte de verdad y otra de defensa a uno de los suyos. Y aunque no fuera capaz de predecir la tremenda locura que fue el paso de Guardiola por el Barça, Johan tenía razón: el Barça pintaba muy bien y el joven Busquets tenía un aire a su entrenador.

Y es que Busquets no se puede entender sin la figura de Pep Guardiola. Con el de Santpedor teniendo una visión clara de lo que quería pero limitada en tiempo y forma por las características de su plantilla y su propia experiencia, Sergio Busquets va entrando poco a poco. Y no tardaron en salir detractores. Porque hubo vida antes de Twitter.

«El año pasado, Touré cubrió las espaldas de los pequeños. Por eso creo que erraría gravemente Guardiola si se cree que Busquets puede cubrir ese puesto. Busquets, con Touré, perfecto; sin él es insuficiente» escribía el escritor Luis Racionero en 2010, quien remataba el artículo con una frase antológica: «Touré me parece imprescindible. Busquets, que es bueno, no tiene aún la clase suficiente para defender el medio campo del Barça. Guardiola se equivocaría gravemente si se dejara llevar por su favoritismo. Después de Xavi, el mejor medio del Barça es Touré Yaya». Se ve que Racionero no confiaba, ya no solo en el de Badía, sino tampoco en Andrés Iniesta.

Las críticas a Busquets arreciaron, como decíamos, pronto. Un buen futbolista como Yayá Touré, con gran recorrido y buen disparo pasaba muchas más veces de las deseadas por el banquillo y, en la recta final, formando parte como central. Un buen jugador, referente en el continente africano, relegado por un canterano que ni corría mucho, ni metía goles, ni ganaba duelos por físico ni casi parecía hacer nada. Y esa era la clave: que hacía todo lo que no aparecía en los dígitos de las estadísticas.

Busquets no solo parece un jugador de otra época sino que tampoco aparece en ninguna estadística de renombre en una época donde todo son datos. Mientras todo el mundo quiere llenar mapas de calor, goles, asistencias, kilómetros recorridos, Busquets se ha conformado con jugar bien al fútbol y hacer mejores a sus compañeros.

Sudáfrica es el mejor ejemplo. Y su segundo valedor, Vicente del Bosque.

La gran innovación de la selección española en la época de Del Bosque es la inclusión de Busquets y la coexistencia junto a Xabi Alonso tras el mando de Marcos Senna en 2008. Del Bosque, más precavido que el antecesor en su cargo, busca gestionar a dos jugadores que le permitan encontrar ese equilibrio defensivo en transición sin alocarse en ataque. Así, España es más solida en el Mundial y en la Eurocopa de 2012, pero menos atrevida en ataque. Y buscar la coexistencia de Busi y Alonso necesitaba de la comprensión del juego de ambos. Xabi Alonso, menos llegador en el Real Madrid que en su época en la Real Sociedad, vuelve a despegarse de la base, sabedor de que Busquets estará pendiente en el robo. Una España más entrelazada en zonas centrales que sin embargo tuvo que aguantar todas las críticas tras su derrota el 16 de junio ante Suiza, en el Bloomsday, el día que conmemora el Ulises de James Joyce, cuando el escritor irlandés y su mujer Nora Barnacle tuvieron su primera cita, en 1904. Tras ese partido tuvo que salir Del Bosque, cual Leopold Bloom paseando por Dublín, a desmentir que Busquets fuera un problema, incluso al mismo Cruyff, crítico con ese hábitat creado. «Si yo fuera jugador me gustaría parecerme a Busquets» dijo el seleccionador y las críticas rebajaron su tono. Varios 1-0 después, España era campeona del mundo. Y todo el mundo consideraba un acierto la unión de la pareja, algo que, posesión defensiva mediante, cristalizaría en 2012 con una Eurocopa donde Xabi Alonso cobraría un protagonismo grande. Detrás de él, Busquets, siempre pendiente de todo. Sin adjetivos hiperbólicos, sin ser una estrella rutilante de una galaxia lejana.

Se fue Guardiola, el Barça zozobró entre la melancolía y la enfermedad del malogrado Tito y volvió a encontrar la alegría en la mano de hierro de un Luis Enrique que tuvo que gestionar un vestuario y al «10» del Barça, tarea nada fácil. Con Neymar y Suárez, un equipo más voraz. Y un fichaje: Iván Rakitic, un interior distinto a lo que había tenido antes cerca.

Un Barça más partido, que viajaba junto menos veces que con Guardiola pero que tenía arriba la pegada de Mike Tyson. Irresistible negarse a eso. Más kilómetros que correr pero unas piernas nuevas al lado. Xavi como suplente y el croata llegando a las ayudas. Un gran primer año que fue abriendo fisuras en las cordadas culés que les habían llevado al Everest. Ya no se establecían campos base ni se intentaba llegar como lo hizo Edmund Hillary. Ahora tocaba la ruta a lo Ueli Steck, cuanto más rápido, mejor. Y Busquets iba llegando, con ayuda de oxígeno, a la cima.

Esa deriva con Rakitic se hizo más patente año tras año, con la salida de canteranos y la llegada de jugadores que abarcaban más campo pero en sus botas tenían menos calidad. Con presidentes salientes y entrantes, con Valverde en el banquillo apostando por el 1-4-4-2. Demasiados cambios, muchas revoluciones y una fragilidad mental sustentada en un Leo Messi a un alto nivel pero que no podía con todo. Con un Iniesta dando sus últimos pases y goles, solo Busquets y Jordi Alba parecían encontrar a un Messi contra el mundo al tiempo que Suárez se diluía en Champions. El Barça ganaba pero no daba ese paso definitivo a la hora de lograr un título europeo. Y por el camino, perdía juego. Messi tapaba mucho, pero no todo, en el campo.

Llegaron los problemas al palco (¿o siempre estuvieron allí?), el club sumido en problemas, la COVID-19 y una humillación europea que nadie olvidará en 100 años. El que menos, Quique Setién. Hora de pasar cabezas por el cadalso. Crisis institucional mediante y contratos faraónicos, tocaba apuntar a las vacas sagradas. Busquets no se iba a librar. Su sueldo, posición en la plantilla como capitán y su juego, siempre cuestionado en cuanto el Barça se hacía largo. No iba a haber vuelta atrás en el imaginario de muchos aficionados. Solo que con Busquets había un detalle extra que no tenían el resto de señalados.

Al parecer, su juego estaba obsoleto.

Se lee a veces que Busquets está acabado desde 2015, que no vale para este fútbol ¿moderno?, que tenía que haberse ido del Barça antes. Que si el contexto. Que si el Barça ya no puede practicar el juego de posición porque está obsoleto. Que si Busquets ha chupado del bote del Barça y no ha hecho ningún gesto por el club. A veces no queda claro si lo que enfada al aficionado es lo que pasa en el campo o lo que pasa fuera de él.

Se dice que el juego de Busquets ha quedado desfasado. Lo que no queda claro es por qué. Qué ha llevado a un jugador con una gran lectura de juego e intuitivo como pocos en cerrar espacios a, al parecer, ser una rémora para sus compañeros. Hay quien piensa que a Busquets le ha pasado con el fútbol de hoy en día lo que le pasó a Guardiola con Desailly: que el potente jugador francés lo arrolló una noche en Atenas. Pero eso sería demasiado simple en un jugador que si ha sido arrollado ha sido más bien por las decisiones de su club en el terreno de juego, incorporando jugadores que jugaban a otra cosa. Ante ese panorama, Busquets hizo lo mismo que en 2010 con Xabi Alonso: adaptarse y sobrevivir.

Desde hace unos años Sergio Busquets se coloca en el lugar que deja libre Frenkie De Jong, protagonista omnipresente de su propio partido, hiperactivo en todas las acciones. Que el neerlandés baja a recibir, Busquets se mete como interior, que lo hace como central,  el de Badía busca no partir al equipo. Igual que con Alonso, barrer su parcela. Se habla mucho de la importancia del contexto para Busquets, un jugador que ha tenido varios contextos en su vida y no ha salido mal parado en todos ellos. Como pivote posicional o como doble pivote acompañando a Alonso o De Jong, sin acaparar balón, lejos de las cifras. Y de los premios, pues nunca se vio recompensada su capacidad de hacer mejor al resto. De hecho, muchos consideran 2017 como el gran año de Busquets cuando en realidad lo que sucedía era que tenía que ser más protagonista con balón debido a los jugadores que tenía al lado. El mejor Busquets siempre ha sido el que nunca destacaba. El de 2010-2012.

Se va Sergio Busquets del Barça y el Barça tiene que pensar en quién cubrirá su hueco. De Milla a Busquets, pasando por Guardiola, ser el pivote del Barça siempre fue una posición clave para dar sentido a una idea de jugar. Veremos qué decide el club y a qué quiere jugar el Barça de Xavi Hernández. La marcha de Busquets no se traducirá en victorias o derrotas, sino en algo más profundo: en si un modo de jugar, que ha ido perdiendo piezas, va a encontrar recambios o se va a apostar por otra cosa.

Busquets ya era lento en su primer partido de liga. Y era tan lento, como bueno. Un jugador de otra época que, como comentaba el otro día un amigo entrenador, si ha perdido rendimiento en alguna faceta es con balón, no sin él. Porque nunca fue veloz llegando a cortar balones como Mascherano, ni hacia coberturas de treinta metros como Rakitic. Donde fue siempre el mejor fue robando en espacio reducido con el equipo unido. Y con el paso de los años, cada vez había menos gente unida alrededor de Busquets para robar el balón.

Se va Busquets y con él, el último bastión de un centro del campo que dominó Europa. El de los bajitos, con las espaldas cubiertas por el hijo de un portero extravagante.

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