Hijos de Holden Caulfield

Caminas por la calle con la misma mirada que Neo al final de la primera película de “Matrix”. Les miras, ves sus sonrisas relajadas, su despreocupación hacia lo que sucede, sus templadas vidas donde todo son dramas a peseta. Si supieran la realidad…

La realidad es que hay una proyección profunda en todo lo que pasa en el mundo que excede tu corta vista. A ti no te pesa el alma, como a mí. Tú no eres capaz de percibir y sentir todo lo que rodea este condenado mundo. No entiendes las ecuaciones que tiene esta vida tan intrincada que superpone planos y emite lecturas que tú no eres capaz de entender.
No se trata de complejidad, quizá sea solo cirugía. Un poco más de córtex prefrontal ayudaría a ver lo que veo yo. O quizá no, quizá serías igual de incapaz, con tu autómata vida, creyendo que eres libre para elegir incluso los polvos que puedes echar esta noche. Como si tú fueras libre de algún modo.
No sabes lo terriblemente pesado que es darte cuenta de tu falta de libertad, del jodido mundo en el que vives, de cómo duele vivir. De lo terriblemente duro que es conocerse a uno mismo, tus dudas, tus inseguridades, donde habitan las mayores ternuras que tu cuerpo puede albergar. Donde tu fragilidad se expone al roce de una llama para que todo salte por los aires, a manos ensangrentadas delante de un teclado que escupe sin parar palabras sinceras.
Es un horror conocerse tanto, sentirse siempre. Como un fardo pesado que cargar durante toda la vida, como esas pequeñas piedras que los muertos prematuros llevan en la margen oeste de la Laguna Estigia a lo largo de toda la eternidad. Un agujero que tu alma no puede rellenar ni con la mayor de las drogas, una pesarosa pero inocua gravilla que atonta tu cerebro y satura tus conexiones neuronales.

Uno ya no se pregunta dónde volarán los patos en invierno, pero es terriblemente duro saber que siempre serás el guardián entre el centeno. El eslabón necesario para que todo funcione bien y vuestro mundo continúe. Donde la gloria está reservada para otros, donde nadie premiará tu esfuerzo por encontrar el equilibrio. Como el pueblo que resiste al duro invierno en Asgard, tu sacrificio nunca será recompensado.

Lo triste de todo esto es que él no pide recompensa. ¿Cómo debiera, si solo hace lo que tiene que hacer? ¿Qué recompensa hay en hacer las cosas bien? ¿Por qué esperar nada de nadie por el simple hecho de hacer lo que toca?

Otro día más el sol alumbrará su cara y él continuará con su habitual tarea de mantenimiento y orden, donde todo debe estar en su lugar oportuno para que las demás personas puedan continuar con sus vidas. Todos quisimos ser Jay Gatsby y muchos acabaron en Gregorio Samsa. Quién, en su sano juicio, querría ser Holden Caulfield…

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