Fracasar como Pep Guardiola

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Este no es un texto para alabar las virtudes de Pep Guardiola. Ni siquiera para concentrar todo el odio que desprenden los detractores del de Santpedor. Ni, desde luego, un ejercicio periodístico que resalte lo obvio en forma de títulos. O sus sonoros fracasos cuando su equipo pierde, pues todo se amplifica cuando haces de la excelencia, la rutina. No vamos a perder el tiempo en eso, ya hay mucha literatura.

Hablemos de otras cosas que parecen menos superfluas pero sin duda son mucho más interesantes, porque entre el ruido que genera cualquier cosa que diga o haga Guardiola siempre hay una lectura más profunda que a veces se obvia, ya sea por falta de conocimiento, o porque no interesa al gran público. Hablemos, por ejemplo, de la capacidad para crear estructuras con y sin balón, de sus módulos de juego, de su visión en el planteamiento, del ansia por ganar, de la pasión desenfrenada unida a una competitividad salvaje. Un Guardiola mucho menos idílico y más terrenal que en esencia no hace nada extraordinario aunque sus números le hagan ser excepcional.

Podemos hablar de sus salidas de balón, por ejemplo, actualizadas cada poco tiempo y siempre entrenadas periódicamente. Párense un día a ver los tipos de salida de balón que su equipo plantea, no solo desde la salida de fondo del portero, sino también en aquellas jugadas dondel el portero ataja el balón y saca rápido. No hay en Guardiola una inspiración surgida de la nada, sino mucho trabajo unido a un talento despiadado. Podemos también hablar de Joao Cancelo, que en unos meses ha pasado de ser un jugador correcto al mejor conocedor del juego, capaz de gobernar un partido desde su posición.

O podemos ir a otro tipo de aspectos, de por qué un día decide salir con tres defensas y otro día con cuatro. De por qué la salida de balón un día es con Cancelo por dentro y otras con Fernandinho cerca de centrales. O Gundogan desde banda. O de por qué, con su primer Premier ganada, echa una bronca a sus jugadores por no calentar bien como si fueran prebenjamines. O de no explicarles cómo juega el rival para que ellos mismos tomen conciencia de lo que tienen que analizar en el campo. Piensen por un momento en eso: una bronca a jugadores de élite millonarios y no decirles cómo juega el rival. Y ahora piensen en todos aquellos entrenadores que hacen informes exhaustivos de categorías inferiores o aquellos que pasan olímpicamente de sus equipos cuando calientan. Ese el nivel que pone Guardiola.

Estoy convencido que el resto de entrenadores de élite (y no tan élite) echan las mismas horas que Guardiola analizando aspectos del juego. Pero en mi opinión Guardiola tiene a su favor tres factores: 1) la hoja de ruta del juego de posición más los matices que ha ido asimilando tras su paso por Alemania e Inglaterra; 2) La capacidad para realizar una estrategia operativa óptima contra su rival y 3) la visión para cambiar contextos en tiempo real.

Todos los entrenadores vemos (o deberíamos ver) lo que sucede en un partido cuando está grabado. Algunos lo ven durante el partido. Otros lo ven desde el banquillo. Y los elegidos cambian el rumbo anticipándose al resto. En eso, Guardiola se maneja como pocos, porque el partido, gane o pierda, va por los derroteros que él tenía marcados. Y no es casualidad que su equipo sea reconocible en la gran mayoría de las ocasiones, pues se basa en conceptos arraigados desde hace muchos años que los futbolistas hacen suyos. Con Guardiola los jugadores no es que ganen (que ganan más que nadie) sino que adquieren un nivel más profundo de un modo de jugar. Ese es el gran premio. Que ganan sabiendo lo que hacen. Y también cuando pierden.

Podríamos comparar a Pep con Picasso o Miles Davis, como se escribió aquí , por ejemplo, pero ya comentamos al principio que este texto no trata de glosar las virtudes que todo el mundo conoce, sino de cosas más mundanas de las que hemos oído hablar pero que o bien han pasado desapercibidas o se han diluido en otros relatos.

En realidad, con Guardiola pasa algo paradójico: es el hijo aventajado de una filosofía de juego de la cual se escribe mucho y se sabe muy poco. El juego de posición, siempre sencillo y complejo, no ha llegado al gran público más que en pequeñas dosis, lo que hace que Guardiola y otros pocos elegidos puedan tener esa ventaja competitiva a la hora de aplicar sus conocimientos. Pero además, esa adaptación del modelo de juego con pequeñas modificaciones en su estrategia operativa (memorable es, sin duda, lo que Guardiola planteó en el Bernabéu al Real Madrid en la temporada 2019-2020, haciendo que la presión del equipo de Zidane fuera ineficaz gracias al pie de Ederson) está llevando implícita una capacidad para crear estructuras de presión altamente eficaces. El City de Guardiola empieza a ser tan bueno con balón como sin él. Y lo hace con un grupo de jugadores no criados en el juego de posición, lo cual hace que cristalice la idea de dejar un legado sostenible en Manchester, algo que en Munich, más por la magnitud del club y el ego de sus dirigentes que por los resultados de Guardiola allí, no ha sido posible.

Por último, cabe resaltar lo lejos que llegan sus equipos en todas las competiciones año tras año, lo que habla a las claras de la importancia que da a todos los trofeos. Entendida la temporada como una globalidad donde cada partido cuenta, el City de Guardiola llena la sala de trofeos cada año con algún titulo nuevo. Así es cómo un club gana prestigio, siendo competitivo siempre y entendiendo que a veces gana y otras pierde.

Todo el ruido que hay alrededor de Guardiola es eso, ruido. Probablemente Pep no pierda el tiempo en nada que no sea su equipo y hace bien. Porque luchar contra la historia requiere mucha fuerza y concentración. Fracasar simplemente es un hecho al que, por miedo, Guardiola huye hacia delante. Y por el camino recoge trofeos.

 

 

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