Asperidad

El techo de la casa estaba completamente cubierto de nieve. Dentro, al calor del fuego que abrasaba la leña, ella tejía unos pequeños calcetines. «Calcetines pequeños para gente pequeña», pensó para sí. Su sombra se proyectaba en el lateral de la pared mientras ella se mecía rítmicamente. No había mucha luz, pero se estaba caliente. No tardó mucho en oír la puerta y escuchar tras ella a su pareja quejándose de las bajas temperaturas. No era nada nuevo en aquella época, siempre hacía frío cuando había que hacerlo, pensaba ella con cierta lógica. Por mucho que él lo intentara no entraba en calor y sus manos, a pesar de frotarlas una contra la otra repetidas veces, seguían ateridas por el frío.

Él se dirigió hacia las escaleras, necesitaba una ducha, quitarse esa ropa fría y entrar de nuevo en calor. Ella seguía atareada con sus labores. Calcetines pequeños para gente pequeña. No hacía mucho que sabía que estaba embarazada. No le pilló por sorpresa, pero tampoco lo esperaba. Supuso que las cosas vienen como vienen y que la vida a veces es impredecible. Ambos se alegraron y decidieron que tendrían que ponerse manos a la obra para reajustar su vida lo antes posible. Los primeros anuncios a la familia, los parabienes, los consejos, los regalos. El cuerpo que cambia.

Mientras él intentaba volver a tener su cuerpo a una temperatura ambiente deseable ella pensaba en lo extraño que es el tiempo, en lo cambiante y a la vez cíclico que era. Sol, agua, frío, viento, nieve. Y vuelta a empezar. El ciclo de la vida. Como una semilla que se planta en el suelo y poco a poco da sus frutos que algún día volverán a servir de abono a futuras semillas. Paró un momento de tejer y se tocó la barriga. Suspiró y examinó un poco su cuerpo para saber si había alguna novedad en su nuevo estado. Los tobillos seguían parecidos, gruesos en su opinión, la  tripa todavía incipientes, dolor de espalda. Él había acabado de ducharse y ante todo intentaba no volver a coger frío. Con el albornoz puesto se secaba el pelo con el secador, con el motor en marcha a la mayor velocidad posible.

Posiblemente por ello no oiría a su mujer quejarse cuando se pinchó con la aguja en el dedo. La sangre brotaba poco a poco y ella tuvo que dejar a un lado su tarea para evitar que se mancharan los calcetines. Se llevó el dedo al labio e intentó cerrar la herida, pero era lo suficientemente profunda para no cesar de manar. Tuvo que levantarse de la mecedora e ir camino de las escaleras para coger el botiquín, que estaba en el baño.

El ruido del secador apenas le dejaba escuchar sus propios pensamientos. Los oídos entaponados mientras se preocupaba por un exceso de cera en ellos que le provocaran una futura sordera, la sensación de que tenía que haberse afeitado antes de entrar a la ducha y la necesidad de una buena taza de chocolate caliente se arremolinaban en su mente. Cuando apagó el secador vio a su mujer llegando al último escalón con una mano cerrada.

Al dirigirse ella de camino a la puerta del baño él se echó a un lado y rápidamente con un movimiento sutil fue a su habitación, donde estaba el pijama. Pensó en que tenía que haberlo puesto cerca del fuego pero no le gustaba la sensación de que luego su cuerpo oliera todo el rato a leña quemada. Ella buscaba en el botiquín el bote de agua oxigenada para poder limpiar la herida. Abrió el grifo y puso el dedo debajo. La herida no era grande pero sí algo profunda. No necesitaría puntos pero sí un buen vendaje.

Rebuscó en el botiquín pero no encontró ninguna venda, solo alguna tirita que serviría de parche. Resolvió que lo mejor era limpiar la herida lo mejor posible y ponerse la tirita. Quedaban solo dos y había que dosificarlas. En la habitación, él se ponía el pijama y miraba el móvil. Tenía algunos mensajes de compañeros de piso y otro de su amante, que no entendía por qué se había ido con su mujer a la casa de la sierra cuando ella tenía otros planes. Él pensó que incluso podría presentarse allí y hacer una escena pero lo desechó rápidamente. No llevaba tanto tiempo siendo infiel a su mujer, solo un par de meses. Decidió no contestar.

La herida parecía controlada pero ella sabía que dentro de poco tendría que cambiarse la tirita. El lavabo tenía pequeñas gotas de sangre esparcidas y tuvo que limpiarlo. No era cómodo con una barriga prominente de 15 semanas y un dedo sangrante pero se las apañó bien. Antes de salir, miró el secador y lo guardó en su lugar. Bajar las escaleras sería más fácil que subirlas.

Al salir de la habitación vio a su mujer bajando las escaleras y decidió darle distancia. En cuanto ella estaba a punto de terminar el recorrido, comenzó a pisar los escalones. Al tiempo que ella se dirigía de nuevo a la mecedora él se fue a la cocina a por su taza de chocolate caliente. Tenía el móvil encima y aunque cada cierto rato emitía vibración él no lo miraba. Lo prioritario ahora era la taza de chocolate.

Tejer con la tirita era un engorro y decidió que no había nada que hacer, al menos durante unos minutos. Pensó en tomarse una taza de chocolate pero se la estaba tomando él y no quería ver su cara. Estaba harta de él desde hacía varios meses, no soportaba sus caras de persona ensimismada, su poca ambición, su falta de valentía. Era un pusilánime incapaz de hacer algo atrevido en su vida. Así que en mitad de una crisis pensaron que un hijo iluminaría el camino y volvería a encender de nuevo la (pequeña) alegría que hubo en el pasado. El embarazo le estaba cambiando el cuerpo y ella lo detestaba. Tampoco tenía muy desarrollado el instinto maternal y no sabía bien qué hacía en la casa de la sierra. Lo hizo para no tener que entablar una conversación larga con él, que quería estar allí a toda costa, como si tuviera algo que esconder. Pero claro, ¿qué iba a esconder el pusilánime?

El chocolate caliente resucitaba a un muerto y le dieron ganas de acercarse al fuego. Ella monopolizaba el mejor espacio e intentar calentarse en una zona menos habitada frente a ella le quitó las ganas que tenía. Quería subir a su habitación, tumbarse en la cama y mirar el móvil tranquilamente pero sabía que no podía. Que ella estaba ahí abajo, tejiendo, controlando, anulando desde la distancia cada paso que él diera. No podía escapar a su influjo.

Al no querer tejer más y no apetecerle ver el gesto ensimismado en la cara de su pareja pensó en que podía irse a la cama. Dado que el embarazo le estaba empezando a provocar pequeños dolores incipientes y cambios posturales cada cierto tiempo optaron por dormir en habitaciones separadas para que ella pudiera moverse con libertad. Él no se opuso (tampoco hubiera podido) y ambos dormían razonablemente bien. Ella esperaba en tener algún antojo pero hasta ahora no se había dado el caso.

– Me voy a la cama, dijo ella al vacío de la habitación donde su sombra se proyectaba.

– Ok, yo voy a calentarme un poco en el fuego.

Al tiempo que ella se levantaba para irse él se cruzó y observó que llevaba una tirita en el dedo.

– ¿Te has quemado?, preguntó.

– Me he clavado una aguja en el dedo, contestó ella con absoluta indiferencia.

Él no dijo nada. Asintió con un movimiento de cabeza mientras se sentaba en la silla que había frente a la mecedora. Vio como ella subía los escalones. Solo cuando ella estuvo fuera de su alcance visual se sentó en la mecedora.

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