Horno de lluvia

El agua golpeaba en los cristales de la ventana. Ella, pendiente de su pan, miraba distraída los surcos que el agua dejaba por los cristales. Mientras la gravedad hacía de las suyas, el pan se iba horneando tranquilamente. No era mala vida esa, la de ser una gota que cae del cielo a la tierra, pensaba ella. No pensar mucho y poder ver mundo, aunque fuera de arriba a abajo en línea recta salvo que te meciera el viento.

El olor del pan recién hecho asomaba por sus fosas nasales y activaba las glándulas salivales. Una pequeña sonrisa de satisfacción hacía que todo congeniara. Una pequeña taza de café y pronto estaría el pan para poder sacarlo. Y todavía el sol no había salido por el horizonte.

No era mala vida esa, pensaba ella, mientras se mecía rítmicamente en la silla, con las dos manos sujetas en la taza, calentándolas. No necesitaba más, todo estaba bien.

Solo que no lo estaba.

No estaba bien lo que ya no estaba bien, se repetía en la cabeza una y otra vez. No estaba bien lo que ya no estaba bien. Adoraba esas mañanas de cafe y pan recién hecho, pero no podía dejar de preguntarse si no había algo más. Si detrás de ese cristal aguado no había algo más. Como en un cuadro flamenco donde aparece una persona en primer plano y tras el ventanal la vida se desarrolla por otros vericuetos.

El olor a quemado del pan la sacó de su letargo. Había cosas inmediatas que hacer y no era tiempo para ensoñaciones. Se levantó y se puso a la tarea, aplazando sus pensamientos. Ni el pan se hace solo ni una se lo gana fácilmente, pensó para sí. Además, si el cuerpo se mueve la cabeza piensa menos.

Afuera, la lluvia seguía cayendo, hipnótica, tras la ventana. Como si un torrente hubiera decidido aniquilar la tierra a base de golpear contra el suelo y, a base de machacar el oficio, quisiera horadar todo lo que tocase. Dentro, la habitación estaba impregnada de una mezcla de café con pan que abrigaba la estancia y permitía que la condensación del agua por el contraste de temperatura no fuera exagerada.

Los pensamientos volvían a agolparse en su cabeza mientras reposaba en la silla. No era mala vida esa, solo que ya no estaba bien. Bien para ella. Bien para ser, bien para reír, bien para querer, bien para, en definitiva, vivir.

Agarró el delantal y se subió un poco su refajo. Se miró los pies, un poco hinchados. Frunció el ceño y asintió con la seriedad con la que lo hacen los niños.

No era mala vida, no estaba bien, pero eso va a cambiar, pensó con determinación. Levantándose hacia la cafetera, se sirvió otro vaso de café.

Afuera la lluvia golpeaba pero ella esbozaba una tímida sonrisa. Mirando a lo lejos desde dentro se miraba a sí misma. La hierba se agitaba y con ella los impulsos de su corazón. El pan olía estupendamente y el agua que golpeaba la ventana eran ideas que le hacían alegrarse. Todo a su alrededor cambiaba fantasmagóricamente: la tierra bramaba y el cielo se resquebrajaba llamándola.

No eran gotas de dolor, de pena, de duelo, sino de alegría, de abrazos, de esperanza.

De ser lo que una puede ser y serlo.

Afuera la lluvia seguía cayendo. No era mala vida. No estaba bien. Eran gotas de esperanza. Eran gotas de poder ser.

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