El fútbol está enfermo

«Mientras no te vea el árbitro te puedes hinchar, mientras que no te vea el árbitro le puedes dar una paliza» decía un integrante de un cuerpo técnico de fútbol base hace pocos días a uno de sus jugadores.

Mientras no te vea el árbitro. Puedes dar una paliza. Mientras no te vea el árbitro.

Que el fútbol base español está podrido y salpicado de gente que no tiene respeto por el propio deporte no es novedad. Pasa en cada esquina, en cada parque. El premio a la trampa, el «esto es pá listos». El de ser un tonto si muestras cierto respeto por el oponente.

«Al rival ni se le saluda». «Hoy morimos aquí». Niños y niñas de doce, trece años jugando al fútbol, el deporte que aman, reconvertidos en soldados de guerras antiguas. Padres y madres en las gradas que a la mínima ponen el grito en el cielo si a su hijo o hija le hacen una falta. Árbitros que son insultados día sí, día también por gente que va a los campos. Chicas insultadas por su sexo como si el deporte no fuera para ellas.

Y esto un sábado cualquiera en un campo de fútbol cualquiera.

Y nadie hace nada. Nadie dice nada. Y si lo dice, es tonto. Y el niño sale del vestuario y escucha a su madre decirle que menudos tontos los del equipo contrario mientras le da el bocadillo. Y la niña sale del vestuario al tiempo que ve a su padre discutir con la afición contraria.

Repetimos, un sábado cualquiera.

¿Cómo se ha llegado a esto? Tampoco hace falta hacer un ensayo, es todo más sencillo: nuestra sociedad premia, ya no solo la trampa, sino la deslealtad. Todo vale para ganar. Y cuando decimos todo es todo. A todos los niveles. Ejemplos hay a miles. En el trabajo, la televisión, la sociedad en general. El fútbol no lo es menos. ¿Por qué debería serlo?

Podríamos pensar que los energúmenos solo están en el fútbol pero eso sería mentir. En otros deportes también hay idiotas dispuestos a insultar y pegarse. La diferencia radica en dos cosas 1) España es un país futbolero 2) la difusión de otros deportes queda opacada por el fútbol.  Pero no se engañen, los del balonmano, baloncesto o atletismo, por poner algunos ejemplos, no son hermanitas de la caridad. El fútbol tiene los mismos valores que el resto de deportes. El problema es social. Alguien podría esgrimir que el rugby es la excepción, pero solo en apariencia, pues sus códigos son más estables. Que el espectador sea modélico lo hace la educación hacia ese deporte, no el deporte per se.

Ya lo advirtió Pierre Parlebas: el deporte no tiene ningún significado, depende del uso que se haga de él. Por lo tanto, puede tener unos valores buenos o malos en función de su uso. Y en nuestra capacidad de elección, elegimos ser peores. Elegimos la trampa. El fin justifica los medios. La hipocresía. El odio. El rencor.

Y es culpa nuestra.

Cada día salen ejemplos increíbles sobre lo bonito que es el deporte. Todos nos emocionamos al ver a deportistas superar un cáncer o enfrentarse a la esclerosis. Todos valoramos su ejemplo. Durante 15 segundos. Lo que tardamos en pensar que, si el árbitro no te ve, puedes hincharte a dar patadas a un rival.

Vamos a los campos de fútbol, insultamos a los rivales, insultamos a los árbitros, insultamos en el atasco camino a casa, insultamos mientras vemos la televisión, insultamos en redes sociales. Nuestro ritual semanal que nuestros hijos e hijas aprenden para ser como nosotros.

Hínchate a pegar patadas si no te ve el árbitro.

El fútbol está enfermo porque nuestra sociedad está enferma a todos los niveles. Está enferma cuando los deportistas profesionales se comportan de manera indigna. Está enferma cuando el entrenador famoso es un ejemplo terrible. Está enferma cuando el aficionado canta en el estadio consignas a gente asesinada. Está enferma cuando se hace el saludo romano. Está enferma cuando el futbolista finge una lesión. Está enferma cuando el aficionado lanza botellas al rival. O plátanos, o hace peinetas. Está enferma cuando el periodista alimenta la llama del odio por su propio interés. Está enferma cuando el niño pequeño reproduce sus gestos. Está enferma cuando la niña va al campo de fútbol con más ganas de pegar que de jugar.

El problema es social. Es tuyo, es mío. Es de todos, idiota. Tuyo y mío.

Hínchate a pegar patadas si no te ve el árbitro.

¿Qué sociedad estamos creando? ¿Hasta cuándo vamos a seguir así? ¿Habrá un límite? ¿Cuál será el límite?

Me gustaría pensar que llegará el día en el que ir a un campo de fñutbol sea un ejercicio de respeto y no de odio hacia el rival. El día en el que el aficionado podrá sentarse, disfrutar de un partido honesto, aplaudirá a los dos equipos y se marchará a su casa contento y sin odio. Que no habrá insultos ni cánticos homófobos ni racistas. Que el fútbol será el refugio de gente con valores.

Ese día tardará mucho en llegar o no llegará nunca, lo tengo asumido. Y es culpa de todos. De todos los que, como cada fin de semana, vamos a vomitar nuestros miedos en otras personas. Presidentes, coordinadores, entrenadores, futbolistas, árbitros, aficionados. Todos tenemos la culpa y nos seguirá dando igual porque para qué vamos a cambiar. «Esto es pá listos», «eh, tranquilo, que mañana todos trabajamos» «¿A quién vas a matar tú?» «Vete a fregar» «Qué malo eres, árbitro», «¿Qué has dicho? ¿A que no tienes huevos de venir a decírmelo a la cara?» «Suelta cariño, quédate con mamá».

Cada fin de semana. Cada maldito fin de semana.

Hínchate a pegar patadas si no te ve el árbitro. Te puedes hinchar.

El fútbol está enfermo. La sociedad está enferma. Acepta que estás enfermo.

¿Qué vas a hacer para cambiarlo?

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