Xabi Alonso se va del Real Madrid sin que nadie tenga claro, quizá ni él mismo, a qué jugaba su equipo. Todo muy confuso en un club que si por algo se ha distinguido es por tener las cosas muy claras en cuanto al juego: lo importante es ganar, el juego viene después. Se va Xabi Alonso sin haber podido enseñar un ápice de lo que practicaron sus equipos en San Sebastián, con un filial de la Real Sociedad que practicaba un fútbol alegre y sobre todo sin mostrar la presión y velocidad que ejercía su Bayer Leverkusen en la Bundesliga.

El fichaje de Xabi Alonso por el  Real Madrid tenía un aire de contraculturalidad nada romántica y sí más acorde a los nuevos tiempos. Acabado el tiempo de Carlo Ancelotti en el conjunto de Chamartín buscar un sucesor, tras el retiro de Jürgen Klopp, no era fácil. Y es que el Real Madrid se ha regido por dos tipos de entrenadores: aquellos que tenían una ascendencia alta entre los jugadores, desde Molowny a Zidane pasando por Del Bosque y el propio Carletto, o por la búsqueda de un entrenador más resultadista, por decirlo de algún modo, que saque rendimiento a la plantilla que tiene sin demasiados alardes, como puede ser el caso del italiano Fabio Capello. En el Real Madrid, a los entrenadores que han querido instaurar su propia metodología o han buscado soluciones distintas, no les ha salido bien.

No le salió bien a un Mourinho que a pesar de ganar una Liga no fue capaz de marcar una época de éxitos que sí vinieron después, no lo fue Pellegrini, quien tras el Alcorconazo y la despiadada carnicería de Inda en Marca estuvo sentenciado, no lo fue Benítez intentando que el Madrid fuera lo que no es el Madrid.

Y es que muchas veces se olvida algo: el Real Madrid no es como el resto de equipos, no se rige por parámetros normales, pues su singularidad en el fútbol es única. No se es el mejor club del siglo XX y se levantan 15 Champions League si no se tiene claro qué funciona. El problema es que ahora el Real Madrid, en mucho tiempo, apostó por un entrenador que quería hacer algo distinto con una plantilla que no era la adecuada a su idea.

Cabría preguntarse varias cosas. La primera, por qué el Real Madrid fichó a Xabi Alonso. O por qué luego no se realizaron fichajes asumibles a la idea del entrenador. Cabría pensar también si la hoja de ruta que tiene el conjunto de Chamartín es distinta a la de sus entrenadores a lo largo de la historia. Camacho salió rápido cuando vio cosas que no le gustaban. Pellegrini entrenaba a los jugadores que fichaba el club, no tanto los que él quería. Entonces, ¿por qué «sacrificar»a un entrenador joven, importante como jugador en el club, si no le van a dar lo que él necesita?

El Real Madrid, como bien se encargan sus aficionados de recordar, es su escudo y su historia. Y durante muchos años ha habido una fórmula que le ha funcionado: fichar estrellas consagradas que fueran resolutivas en ambas áreas. Lo del centro del campo lo comentaremos después. El Madrid de Di Stéfano, Puskas y Gento, el de Hugo Sánchez y el Buitre, el de los Galácticos, el de la BBC,  junto a porteros como Casillas o Courtois, salvadores de sus equipos.

El Real Madrid tenía esa hoja de ruta (que le daba y le da éxito) y se la saltó cuando en el Barça Xavi, Iniesta y Messi destrozaron al conjunto blanco por 2-6 en el Bernabéu. El Real Madrid, al igual que sucedió en el banquillo, tenía que hacer frente a la máquina de juego de los de Guardiola, y trazó un plan: el primero, Mourinho, con el objetivo de ser la kriptonita. Una vez alcanzado el nivel de enfrentamiento necesario y vista la salida del de Santpedor del conjunto blaugrana, el Real Madrid vio que tenía que hacer frente al Barça quitándole lo que más quería: el balón. Al tiempo que en Can Barça se comenzaba el viaje inverso: se fichaba a jugadores que preferían ocupar espacios a dominar el juego.

Y así llegaron Modric y Kroos y el Madrid se hizo todavía más eterno. Si antes era capaz de ganar, ahora ya encadenaba títulos como nadie en Europa.Si Xavi e Iniesta encumbraron al Barça, Modric y Kroos lo hicieron con el Madrid. Con la diferencia de que en Barcelona era algo excepcional y en el Real Madrid, acostumbrados a ganar y a sentirse los mejores, lo normalizaron, pues el Real Madrid siempre gana. Parece que olvidaron que cambiaron su hoja de ruta por una vez y dieron el mando a los del centro del campo.

Con Kroos retirado y el sempiterno Modric en Milan, el Madrid volvió a su viaje receta: fichar estrellas. La llegada de Mbappé provoca un efecto ya conocido en Chamartín pero que no va acompañado de lo que se tuvo hace poco: buen juego. Sumemos a eso un proceso lento de ciclo acabado con Ancelotti y muchas individualidades y llegaremos al punto de esta temporada: el Madrid no ficha a un gestor continuista o a un entrenador con un recorrido largo y consagrado. Ficha a un entrenador que lleva poco en la élite y que tiene una idea de juego que no se ha visto en el Real Madrid.

Así, todo el año ha sido un enfrentamiento entre lo que el entrenador quería, lo que los jugadores entendían o querían entender y lo que la afición demandaba. La directiva tomaba nota y seguramente alguien pensaría: ¿nos hemos equivocado? Sea como fuere, Xabi Alonso deja de ser entrenador del Real Madrid, un Real Madrid que sigue apelando a sus áreas como seña de identidad pero que tiene la sombra de Toni Kroos todavía muy alargada. Porque, como le sucede al Barcelona a día de hoy, cuando has tenido jugadores únicos que han puesto al club a otro nivel, lo demás parece poca cosa.

Desde el comienzo de la temporada 2025-2026 se viene hablando de los cambios que está realizando el Manchester City de Guardiola en distintas parcelas, desde el relevo en la dirección deportiva de Txiki Begiristain por Hugo Viana a la llegada como segundo entrenador de Pep Lijnders, muy distinto en la concepción del juego en comparación a Juanma Lillo. En el club citizen algo se estaba pergeñando y ahora está comenzando a rodar.

Del comienzo del Manchester City se han oído y leído muchas cosas. Que si Guardiola ya no juega igual que antes (no los jugadores, sino el propio Guardiola, al parecer), que si ahora les está dando más libertad (sea eso lo que crean que sea los apóstoles de no entender el juego de ubicación), que si contragolpea en exceso (ningún sentido) o que se está traicionando a sí mismo (como si el de Santpedor no mutara en cada temporada que dirige a su equipo). Parece que nadie, o casi nadie, ha caído en que a estas alturas de temporada, tras un Mundialito de Clubes en unas épocas estivales que no se saben qué consecuencias a medio y largo plazo pueden tener más las lesiones propias de una temporada y una puesta a punto de todos sus efectivos, Guardiola ha estado probando y toqueteando todo lo que le han dejado.

Ha probado a meter algo más de llegada desde segunda línea, con un Reijnders que mejora en prestaciones a Kovacic (si exceptuamos la capacidad de batir líneas conduciendo del croata), ha dado minutos a Nico tras la ausencia prolongada de Rodri y hasta ha comprado un portero nuevo, Donnarumma. Incluso decidió encastillarse en el Emirates ante un bravo Arsenal que le arrancó un empate. Guardiola ha estado mirando las posibilidades de su equipo y las ha estado estirando, deformando y recomponiendo. Y además, el estado de forma de Erling Haaland ha llevado a pensar en que el City ha cambiado más de lo que ha cambiado en realidad.

Porque el City ha cambiado, obviamente, pero no del modo que se comenta. Cambia porque evoluciona y progresa, porque mira en el pasado (como siempre ha hecho Pep) para avanzar en el futuro, porque tiene una estrategia operativa para cada partido al tiempo que su equipo interioriza la forma de jugar. Cambian las piezas, se modifica el envoltorio, pero algunas cosas permanecen.

Y lo que permanece, es un interior posicional.

Con tanto gol del noruego Haaland, con la llegada de Donnarumma y su tembleque con los pies que no poseía Ederson, con la llegada de un asistente afín a Klopp, con su partido ante los gunners mencionado anteriormente, se ha ido construyendo un relato que es una media verdad y que obvia lo que está sucediendo en el Manchester City y que es, de todo lo que hay, lo más importante: Phil Foden está jugando como interior.

Guardiola ha ido mostrando el camino y el inglés lo ha recorrido a fuego lento, con calma, viendo a De Bruyne, a Gündogan, a interiores dominantes. Foden ha ido aprendiendo y asentándose como quien no quiere la cosa en la posición de interior. Mientras el ruido se iba a Reijnders de una portería a otra, a una cabalgada de Haaland, a un detalle de Cherki (que ójala confirme todo lo que apunta) o un regate de Doku, Foden se iba acercando a ubicaciones más cercanas al centro, alejándose de la banda, como queriendo tener la pelota sin quitar protagonismo al último (de momento) valedor de la idea de Guardiola, Bernardo Silva. El paso definitivo antes de que el luso le entregue las llaves del equipo a un Foden que determinará el futuro del juego citizen en el próximo lustro. Ése es el movimiento casi imperceptible que se difumina entre tanto ruido, el más importante.

¡El City con extremos por dentro! ¡Cinco jugadores cerca del balón! ¡Guardiola ya no es Guardiola!. Todo el mundo alborotado sin entender que 1) Guardiola (y el resto de entrenadores del planeta) utilizará la estrategia operativa que requiera en cada partido 2) que en el Barça ya juntaba mucha gente por dentro, véase Iniesta partiendo de banda y Messi jugando de falso nueve y 3) que Guardiola nunca fue el Guardiola que tú tienes en tu cabeza. Y además, que a principio de temporada, todo es probar y desarrollar porque, como escribe el maestro Perarnau, Guardiola se ha dado tiempo.

Como Miles Davis, Guardiola va cambiando el modo de ver su fútbol mientras el mundo del fútbol sigue intentando preguntarse todavía qué hacía en 2015. 1000 partidos después, sigue en la vanguardia del fútbol mundial. Y mientras eso pasa, Phil Foden juega por dentro junto a Bernardo Silva, alejado del ruido y destrozando rivales.

Sergio Busquets decide no continuar su carrera y poner punto y final a una trayectoria que nadie, ni siquiera él probablemente, hubiera pensado. De los campos de Tercera División a un sextete en poco más de año y medio, el hijo de Carles Busquets, seguramente el portero más estrambótico que ha vestido la elástica azulgrana, dice adiós a la pelota. Se retira un jugador único, aquel que siempre se encontró cómodo en el segundo plano.

Guardiola y el primer año

Tras la derrota en Soria el Barça de un joven Pep Guardiola encara su primer partido en casa ante el Racing de Santander. Un partido que acaba en 1-1 donde todas las voces culés empiezan a torcer el gesto ante un entrenador inexperto, que triunfó en Tercera pero que Primera División le queda grande. Bueno, todas, no. Johan Cruyff escribe una columna, ya histórica, donde remarca lo bien que jugó el Barça ese día. Y escribe lo siguiente sobre Busquets: » Técnicamente superior a Touré y Keita. Posicionalmente, apariencia de veterano. Con y sin balón. Con balón hizo fácil lo difícil: dar salida a uno/dos toques. Sin balón, otra lección: la de estar en el sitio justo para interceptar y recuperar corriendo lo justo. Y eso siendo joven e inexperto. Los mismos pecados que su técnico.» Cruyff, para consternación del culé acomplejado que nunca termina de estar tranquilo aunque gane todo, daba en el clavo un 15 de septiembre de hace 17 años definiendo a un crío canterano en dos líneas. Algo sabía el bueno de Johan.

A partir de ahí el equipo despegaría y la labor de Busquets, al lado de un gran jugador como Yaya Touré, sería esencial, máxime al pasar Touré a la posición de central. El primer año de Busquets como profesional es inimaginable. Muchos habrían dado toda su carrera por la mitad de lo que le pasó a Busi en el año 2009.

El mejor Busquets es el que no se ve

La máquina creada por Guardiola coge velocidad de crucero en una temporada 2010 arrolladora que sólo un partido de ida en Milán ante el Inter de Mourinho (con todos los condicionantes que hubo) impide la posibilidad de levantar la Orejona. En 2011, la gloria les sonríe de nuevo en la exhibición de su equipo en Wembley ante el Manchester United.  En todo ese tiempo, Busquets, siempre lejos de los focos, de los premios, de las alabanzas, es un eslabón indispensable. Lo mejor de Busquets siempre fue que nunca necesitó nada para ser esencial, siempre limpiando aquellas zonas despobladas, siempre cerca del compañero, siempre atento a todos los posibles fallos en el sistema colectivo culé.

Se habla a veces que el mejor Busquets fue el que tuvo que asumir responsabilidades que no le tocaban tras la salida de Xavi e Iniesta, donde su peso como jugador que daba el último pase era más acusada, pero esa apreciación es errónea por la sencilla razón de que Busquets tenía que realizar lo que antes no tocaba porque el Barça se había alejado de los postulados que le hicieron grande. Martino salvó los muebles como pudo, Luis Enrique lo engrandeció de nuevo, pero Valverde vino con otras ideas.Y Busi, como siempre, se tuvo que adaptar, al ver que sus compañeros no eran capaces de hacer algo que sí hacían los compañeros que tuvo años antes.

No molestar para que brillen otros

Se suele comentar que Busquets necesitaba una especificidad concreta para que pudiera ser relevante, como le pasaba al Guardiola jugador, pero eso es una verdad a medias. Obviamente, Busquets no ha tenido en su carrera una capacidad de traslación de balón rápida o un tiro prodigioso, pero tampoco era un torpe cuando se encontraba en otros ecosistemas. Sólo necesitaba una cosa: que el equipo viajara junto.

Por eso, cuando Del Bosque incluyó a Xabi Alonso en el once de la selección española a partir de 2010, Busquets cohabitó con él de una manera muy distinta a la que lo hacía con Xavi e Iniesta en Barcelona. Entendió que Alonso debía tener más libertad de movimiento y él seguir estando pendiente de que todo estuviera en orden. Al igual que cuando el croata Iván Rakitic llegó a Can Barça y desplazó a Xavi Hernández. Busi contaba con un compañero distinto al que había que adaptarse. Ambos equipos eran distintos al Barcelona de Guardiola pero seguían unidos por un nexo común, que era la querencia por el balón y las distancias de sus jugadores. Cuando Valverde hace saltar por los aires la organización interna que había antes, Busquets se convierte en un lanzador de pases a 30 metros, pero nunca fue su mejor cualidad. Más vistosa para aquellos que son incapaces de saber qué sucede en un partido y se fían solo de momentos puntuales del mismo.

Presión tras pérdida hacia delante

Todo el mundo en 2025 sabe de la importancia de robar la pelota al rival lo antes posible, pero no todos los pivotes son capaces de ir al robo de balón junto a sus compañeros. Y nadie como Busquets en eso, porque Busquets era capaz de saltar hacia delante igual que Xavi e Iniesta, sabedor de que, como la cordada de alpinistas, uno tira del otro y si los interiores se lanzaban como buitres al balón cuando no disponían de él, Busquets no iba a ser menos. Donde otros miraban desde la distancia, Busi avanzaba. Esa ha sido su gran contribución al fútbol, no necesariamente el primero, pero sí el que marcó el estilo de los pivotes en este principio de siglo.

Sergio Busquets, tan sencillo en el juego como complejo en la comprensión del mismo. El guardián entre el centeno que evitaba que sus compañeros se despeñaran por los precipicios.

Llegaba el París Saint-Germain a Barcelona recordando a todos los culés que el equipo parisino era el mejor practicando el juego de posición que se popularizó en la ciudad condal. Volvía Luis Enrique a la ciudad de Gaudí repleto de títulos y, al igual que Pep Guardiola, profeta lejos de su casa, demostrando que la idea, bien ejecutada, es posible en distintos equipos.

La lectura del partido

El partido no tiene una necesidad de ser sobreanalizado, pues la hoja de ruta del mismo es  relativamente simple: el Barça busca imponer un ritmo que se desboque con Lamine Yamal mientras que el PSG se autoorganiza a través de pequeñas situaciones que le dan ventaja para poder encontrar su propio ritmo y, con una eficiencia altísima en sus acciones con balón, someter al Barça que se ve sobrepasado enormemente. Esto en cuanto a la lectura del partido se refiere, para la cual se requiere entender las organizaciones internas del propio equipo, pues las organización culé difiere de la parisina en su estructura interna.

La organización interna

Con dos centrales con buena salida de balón  como son Eric García y Pau Cubarsí, el Barça es capaz de generar ventajas con balón. Esas ventajas son positivas pues eliminan rivales, pero que topan directamente con el siguiente escalón: las alturas de De Jong y Pedri, lo cual repercute negativamente en Dani Olmo, como vamos a explicar ahora.

Pedri y De Jong están ubicados más cerca en sus interacciones, al ser dos jugadores que apenas pierden el balón, eso se traduce en cierta fiabilidad del equipo para poder establecerse en campo contrario, con un pequeño déficit: no hay acompañante para Dani Olmo. Y eso penaliza a un jugador como Olmo, asociativo, rápido en toma de decisiones, que se tiene que ver abocado a buscar una solución más lejana en cuanto a sus compañeros se refiere. Esta asociación, con Pedri cerca de De Jong favorece la creación de una estructura que con un solo pivote en años anteriores no era necesaria, desplazándose ahora el centro de gravedad del equipo más atrás. Para buscar cierto equilibrio en las fases de juego, el Barça entonces necesita un jugador más resolutivo y menos asociativo, como es Fermín López, mucho más llegador, con más recorrido y más gol, el jugador más parecido a Thomas Müller en este Barça. Esto no es cuestión de ciencia, sino de ajustar las estructuras internas de tu equipo. ¿Qué sucede con la entrada de Olmo? Que habría que volver a desplazar el centro de gravedad más adelante para que la estructura le incorporara a él también, pero Flick no está por la labor de perder a su dupla estándar.

El PSG, por su parte, tiene una organización en la que Vitinha se basta y se sobra, mientras que Fabián colabora a la vez que profundiza y con un Zaire-Emery con una capacidad de traslación grande. Su estructura permite al equipo poder descansar en la armonía del saber que el equipo no se desmiembra si no quiere. Porque el PSG puede desmembrarse si lo considera oportuno. Luis Enrique ha creado un equipo capaz de ubicarse óptimamente al tiempo que puede ser letal  corriendo. Buena parte de culpa la tiene el fichaje del georgiano Kvaratskhelia, que, como le sucedía a Jack Grealish el City, daban pausa al vértigo del ataque. Sin él, Luis Enrique optó por pegarse cuando fuera necesario, sabedor de que Vitinha organizaba la estructura interna.

Ajustar a tu equipo

Un partido de fútbol es un relato de un libro y, como tal, tiene sus desarrollos. Y los cambios de jugadores y modificaciones tácticas hay que leerlas. Flick empezó a querer crear un dique en el centro del campo, acabando con tres mediocentros, que bien sirvió para poco, pues Luis Enrique decidió que su equipo fuera más cerca de la portería rival a la hora de tener la pelota. Si el Barça pensaba en poder tener la pelota, la presión alta de Hakimi y Fabián más el gobierno de Vitinha lo iban a hacer imposible. El PSG ajustó, pero sobre todo elevó su velocidad de balón, recordando por qué es el mejor equipo del mundo. Luis Enrique está construyendo en París una obra duradera que en Barcelona ya apuntó, intentando ser posicional pero a la vez contragolpeador según sea el ecosistema, por eso es, con el permiso de Guardiola, Klopp y Mourinho, uno de los mejores entrenadores del Siglo XXI.

Vitinha, Pedri y los escalones

El tiempo es un fiel consejero que hace que todo llegue. Vitinha luce en un ecosistema planteado por su entrenador donde se potencian todas las virtudes de sus compañeros, pero es que además es el propio Vitinha el que entiende lo que necesita cada uno. Dicho de otro modo, Vitinha es el jugador más parecido a Xavi Hernández tras su retirada, porque su cabeza guía el partido y no al revés. Por eso el portugués entendió que si Luis Enrique quería extremos abiertos lo que había que hacer era buscar por dentro para salir por fuera. Por eso comprendió que con sus compañeros siendo profundos el Barça se partiría al ir a presionar y el PSG, con una estructura de 3+1 tendría fácil salida. Fabián es un complemento perfecto para Vitinha en esta obra pergeñada por el entrenador asturiano, con cada vez menos fisuras.

Pedri es la gran esperanza de los culés, que sueñan con un nuevo Xavi e Iniesta desde el día que se retiraron, sabedores de que es una empresa imposible. Nadie se acerca a los dos mejores jugadores españoles de la historia, eso es imposible. Pero Pedri es un buen heredero del juego culé, cada vez más, pero con más problemas de los que parece, entre otras cosas por la organización interna, por su propia madurez y por tener que soportar comparaciones imposibles. La organización culé con Flick le acerca a una base que le permite tocar más balón, pero eso no es sinónimo de comandar el juego, especialmente en Europa, donde juegan los grandes. Para la Liga, no habrá problema, pero en Europa, someter una temporada entera está por ver, por más que enfriara el partido de manera espectacular en Newcastle y Paul Scholes dijera que es «Xavi e Iniesta en uno». Poco debió ver Scholesy a Xavi e Iniesta cuando ambos jugaban para poner tanta responsabilidad en un canario que está rompiendo a ser dominante desde el año pasado y aún así, ni en el Barça ni en la Selección, es el jugador sobre el que gravita la organización interna del equipo: en el conjunto culé, debe acercarse a De Jong para compensar las lagunas en el juego , en la selección, la extensión del entrenador es Fabián y Pedri hace lo mismo que hacía Busquets con Xabi Alonso en 2012, cubrir aquellas fases del juego donde se le necesitara.

Mientras que Vitinha domina y ejerce como tal, Pedri está en ello. Y bien puede serlo cuando todo pivote sobre él, pero estamos hablando de un jugador de 22 años al que le han puesto excesivas etiquetas.

Eric García- Pau Cubarsí, la pareja por llegar

Jugaron juntos Eric y Cubarsí y el Barça tuvo dos centrales con buen pie, que no sufrieron en exceso en la primera parte. En la segunda, al ir cerrando Flick el centro del campo, su incidencia se redujo a actuaciones puntuales en duelos por el balón. No deja de ser curioso que dos centrales como Eric y Cubarsí, con buen desplazamiento, conducción y pase, tengan tan cerca a De Jong y Pedri. Como comentábamos anteriormente, la organización interna de Flick es ésa, la que da estabilidad y coherencia a su idea. Qué pasaría si tuvieran más espacio y Olmo tuviera un acompañante.

Las estadísticas mienten

Lo hemos repetido hasta la saciedad, pero lo haremos una vez más: basar un análisis del juego solo en estadísticas no vale para nada. Las estadísticas son un añadido al ojo entrenado y no al revés. Los números los pueden ver todos, los programas informáticos se pueden aprender, pero es la mirada entrenada la que marca la diferencia. No paro de ver análisis basados en simplicidades que escapan a la complejidad del juego, como por ejemplo en el partido que nos ocupa, los pases entre Pedri y De Jong. El número de pases es irrelevante si no va acompañado de muchas más cosas, al igual que sucede con los goles esperados y otras estadísticas más que suman muchas cosas, pero que multiplican menos de lo que parece. Otro ejemplo más simple: pensar que el PSG decantó el partido por las bandas sin entender que no fueron las bandas el motivo del mismo, sino la consecuencia ante la organización culé sin balón, cerrado por dentro, lo que «obligaba» a Vitinha a buscar por fuera y que la altura de Hakimi fuera más cerca a la portería culé. No son las bandas ni los laterales, sino lo que pasa en el juego. No es que decanten el partido por duelos, es que es el juego que marca Vitinha por dentro lo que se finaliza por fuera.

El físico miente

Lorenzo Buenaventura lo explicó hace años en una ponencia en la que hablaba de Messi y medir su volumen de oxígeno. Cuando se habla del «físico» se simplifican demasiadas cosas, como ocurre con las estadísticas. Es el juego, la complejidad del mismo, las interacciones, el ritmo de juego y tantas cosas más que reducir todo a que el PSG fue físicamente superior es una verdad a medias. El PSG es mejor que el Barça porque su ritmo de balón es mejor y porque se ubican mejor, no porque sean más rápidos, aunque pueda que lo sean. Es la globalidad del juego la que determina todo.

No lo olviden.

P.D: Este análisis está hecho sin mapas de calor ni inteligencia artificial, solo a través del ojo entrenado.

La imagen es clara: extremos abiertos, centrales buscando líneas de pase, ocupación de espacios en zonas intermedias, más pases que regates…

No. No es un equipo de Guardiola, ni de Arteta. Es el Real Madrid.

Practicando el juego de posición en el campo de las remontadas heroicas, el Bernabéu.

Lo comentamos en un texto anterior ( https://ricardozazo.com/el-real-madrid-imita-al-barca/ ), el Real Madrid, al fichar a Xabi Alonso, estaba buscando una organización en el campo distinta a la ejecutada con Carlo Ancelotti, correr menos, equipo más junto, presión tras pérdida. Algo que algunos llaman «fútbol moderno» y que en realidad de nuevo tiene poco: solo es una actualización de las ideas holandesas que trajo Cruyff y que Guardiola junto a Tito Vilanova y Paco Seirul.lo desarrollaron. Mientras eso pasaba y con la diáspora de ideas que han ido germinando allá por donde el de Santpedor ha pasado, ahora más equipos practican algo similar al juego de posición con mayor o menor éxito. No por moda, sino porque lo sienten así sus entrenadores.

Al madridismo (más que al Real Madrid) todo eso le ha parecido poca cosa, anclado en su atalaya de mejor club del siglo XX y coleccionando Champions League año tras año. No era un menosprecio al fútbol en general, pero sí desdeñaba, ya fuera por rivalidad, ya fuera por falta de conocimiento, las ideas que se estaban elaborando en el laboratorio blaugrana. Y ahora, en 2025, el entrenador del Real Madrid pone a su equipo en ubicaciones cercanas, priorizando el pase y obligando al rival a amurallarse.

Esto puede provocar más de un cortocircuito cerebral en mucha gente: por un lado, en las altas esferas del club, donde ganar es lo que importa. Por otro lado, en los aficionados que veían con recelo propuestas donde el balón era sinónimo de una cosa extraña llamada Tiki-Taka que ya era un insulto per se, pues no entendieron nada. Y por último, la de los medios de comunicación, que calificaban como «milonga» el juego practicado por el Barça de Guardiola o el París Saint-Germain de Luis Enrique.

El madridismo puede tener una embolia futbolera porque puede verse defendiendo cosas que hace una década, cuando Mourinho metía dedos en los ojos, estaba visto como una herejía. Pero si sale bien, seguro que se hará trampas al solitario ayudado por unos medios de comunicación que darán vida o muerte a la propuesta de un proyecto proactivo como es el del Real Madrid de Xabi Alonso.

Será interesante ver lo que sucede. Y si algún aficionado madridista quiere saber cosas sobre el juego de posición que practica su equipo, lo tiene fácil: solo tiene que analizar aquello que odiaba.

Perdió la selección española femenina la Eurocopa ante Inglaterra y mucha gente lo ha visto como un fracaso. Y eso es buena señal. Porque ya, por fin, entramos en el Siglo XXI a la hora de hablar del fútbol femenino y atrás quedan los prejuicios de la gente cuando ven a chicas jugando al fútbol. Ya, por fin, discutimos sobre sistemas y jugadoras. Ya, por fin, normalizamos el fútbol femenino en nuestro país.

Obviamente, siempre habrá gente que no pueda ver más allá de sus prejuicios, a ver si nos vamos a pensar ahora que todos los avances que han tenido las mujeres han sido fáciles. Siempre quedará ese poso narcisista-misógino de ver el fútbol femenino con desprecio. Ojo: no con dejadez o falta de interés (algo lícito), no: con odio.

Hoy no vamos a hablar de los traumas de los hombres, porque sería, de nuevo, opacarlas a ella y ver todo desde una visión androcéntrica de las cosas sólo hacer ver la mitad del paisaje. Hoy toca hablar de ellas y de fútbol. Porque siempre fue de eso: de jugadoras de fútbol, no de chicas haciendo algo de hombres.

Es interesante escuchar/leer debates sobre la idoneidad de Salma Paralluelo como nueve de referencia, pedir la titularidad de Athenea del Castillo o preguntarse por la suplencia en la final de Claudia Pina. Eso es, en definitiva, lo que se espera a partir de ahora, que queden atrás todos los comentarios sexistas y hablemos de fútbol. De  por qué Montse Tomé tomaba la decisión de cambiar de banda a Mariona y Pina en las fases previas, de por qué Alexia fue sustituida, de la gestión de la gran Sarina Wiegman y esa suerte inglesa en esta Eurocopa, que, parafraseando al inimitable Gary Lineker, parecía que el fútbol femenino era un deporte en el que jugaban once contra once y siempre ganaba Inglaterra. La pobre Jennifer Falk estará todavía tirándose de los pelos al parar cuatro penalties y fallar el suyo. Lo que hubiera cambiado la historia…

Pero hay equipos destinados a ganar un título, se quiera o no, se nota en el ambiente. Le pasó al Chelsea de Di Matteo, seguramente el peor equipo que ha ganado una Champions League, vapuleado en varios partidos pero con esa suerte necesaria en los momentos puntuales. Esta vez la suerte ha sonreído a una Inglaterra que ya venía apuntando sobre la misma cuando caía 2-0 ante Suecia. En ese momento, ya escribí en Bluesky que nadie diera por muertas a las inglesas. Y es que ese aura de invencibilidad que tienen algunos equipos en torneos cortos es imposible de controlar.

Las nuestras (porque sí, amjgo machista, son las nuestras. Sí, también Salma Paralluelo y Vicky López son de las nuestras, basura racista) no tuvieron fortuna en el lanzamiento de penalties y es una asignatura a mejorar sin ninguna duda. Tras ganar un Mundial y una Nations League, completar este triplete hubiera supuesto la consagración definitiva de un grupo de jugadoras que va cediendo el testigo a las nuevas. De Alexia a Pina, de Aitana a Vicky. Pero no queda duda de que todas están ya mirando la fecha de inicio del Mundial de Brasil en 2027. Ahí veremos de nuevo a la generación dorada de este deporte.

Además, es posible que este año el Balón de Oro recaiga en una jugadora que no sea española. No deja de ser gracioso que hace unos años el fútbol femenino en España era residual y ahora nos preguntemos quién ha hecho más méritos para ganarlo. Es lo que pasa cuando llevamos cuatro años seguidos levantando el trofeo. La mujer con más opciones es Mariona con su título en Champions con el Arsenal, pero parece que alguna compañera suya en el equipo gunner estará mejor posicionada.

Si bien alabábamos antes a una Wiegman capaz de gestionar a sus jugadoras con la paciencia necesaria para que el partido fuera poco a poco decantándose hacia su lado (Chloe Kelly puede valernos de referencia), nuestra seleccionadora ha podido gestionar algo mejor ciertas cuestiones tácticas. Especialmente, por la suplencia de Claudia Pina en la final, por una Athenea del Castillo que revolucionaba los partidos y ha sido clave, pero que al darle la titularidad relegaba a la de Moncada a la suplencia, en la que probablemente sea el primer torneo con gran relevancia para Pina. Y es que Pina es, seguramente, la mujer que coja el relevo de Aitana y Alexia, igual que Iniesta lo hacía de Xavi.

Además, podemos sumar los comentarios de Mapi León sobre la elección de Salma como nueve, lo que nos devolvería a una cuestión sana: en el fútbol femenino ya, por fin, se habla de fútbol-fútbol, de lo que sucede en el campo, de por qué unas juegan y otras no, de qué sistema se busca, de qué podemos mejorar para el futuro. Y cada vez, aunque siempre haya algún retrogrado onanista de sí mismo que nos los recuerde en su cueva, va quedando más lejos todo el ruido externo y misógino.

Veremos si Montse Tomé sigue. Veremos el relevo generacional (posiblemente en Brasil 2027) y si ese relevo es capaz de seguir al mismo nivel que esta maravillosa generación que ha conseguido ilusionar a todo un país. Valoremos su desempeño y reconozcamos a esta generación como un tesoro a cuidar. Y que vengan más éxitos.

Los distintos tipos de metodologías existentes son caminos que uno u otro entrenador/a debe decidir para marcar toda la diferencia, parafraseando a Robert Frost. Y es que la evolución del deporte va marcada por nuevos caminos recorridos por gente que ve más allá de lo que aparentemente es un simple entrenamiento. Desde que Thomas Arnold y sus amigos empezaron a darle una vuelta de tuerca al ocio aristocrático, cómo entrenar de manera efectiva ha sido una pregunta que ha aparecido en las mentes más inquietas. Nombres como Pierre Parlebas, Paco Seirul.lo o Vitor Frade han desarrollado y perfeccionado ideas que han visto cómo los deportes colectivos no sólo tratan de ganar, sino de cómo hacerlo.

Decíamos antes que una metodología es un camino, no una llave al éxito de manera lineal y asegurada. Hay mucho camino que andar en sentido machadiano. Y muchas veces no han sido entendidos o, como toda conjura de necios, les ha tocado ser vilipendiados. Todo por no entender que hay mentes que van a hombros de gigantes y que son vanguardia del deporte. Y es que las metodologías han evolucionado en los deportes colectivos. Si nos referimos al fútbol, más todavía.

En términos generales, podemos afirmar que los deportes colectivos, o como los llama Seirul.lo, DIEC (Deportes de Interacción en Espacio Compartido), han bebido de una metodología global o analítica, indistintamente de lo que se estuviera trabajando y alternándose en la mayoría de los casos. Lo analítico, relacionado con aspectos muy puntuales en procesos en los cuales el movimiento se puede descomponer y aprender por partes y el global donde se podía, modificando según qué aspectos, buscar una metodología más cercana a deportes de equipo.

Pero esto, para un deporte como el fútbol, se queda muy reducido. Y en otra vuelta de tuerca, aparece el entrenamiento integrado, que, como su nombre indica, integra distintos componentes del juego: físico, técnico, táctico y psicológico. Esto supone entender que existe una mejora por separado que, posteriormente, redundará en una mejora global de las prestaciones del equipo. Lo integra, pero no lo une.

Sobre estas tres metodologías hay mucha bibliografía y no merece la pena desarrollarlas en exceso, baste reseñar que en las tres se obvia un aspecto clave: el ecosistema del jugador. Lo analítico te dice la solución correcta, de A a B, lo global busca algo más cercano a las necesidades del jugador con situaciones de juego real o modificado, mientras que lo integrado busca ser todavía más cercana pero compartimentando estructuras. Si hablamos de entrenamiento analítico en fútbol, un nombre resuena por encima de todos: Marcelo Bielsa. Baste con ver situaciones de entrenamiento repetitivas donde la solución suele estar dada de antemano o con poco margen para explorar otras posibilidades porque se ha demostrado que la solución dada es la más eficaz. Si pensamos en entrenamientos más globales/integrados la gran mayoría de entrenadores saldrá a la palestra. Pensemos en Rafa Benítez, que ponía una cuerda a toda su línea de defensas en el Liverpool para trabajar la distancia entre sus jugadores. O los movimientos sin balón del Milan de Arrigo Sacchi. Cuántos entrenadores no hay que siguen sacando a sus jugadores a correr al campo/bosque/parque… ¡Como si en un campo de fútbol los jugadores corrieran en círculos!. La lista es muy extensa. Y a finales del siglo anterior, surge una voz distinta: Paco Seirul.lo y el Entrenamiento Estructurado.

Desarrollar en unas líneas todo lo que significa el Entrenamiento Estructurado y lo que Seirul.lo llama «Fútbol Barça» es imposible. Señalemos simplemente que se empieza a entender al jugador/a desde un enfoque holístico donde todas sus estructuras (condicional, biológica, emotivo-volitiva,…) interactúan entre sí, unidas a las ciencias de la complejidad que dan una dimensión completamente nueva. Seirul.lo es un visionario que abre camino a un tipo de metodología que va un paso más en la especificidad del fútbol, en acercarlo lo más posible a la realidad del juego.

Mientras Seirul.lo desarrolla ideas y teorías que, unidas al olfato práctico de Johan Cruyff, germinan en una metodología de entrenamiento, el profesor Vitor Frade también busca una metodología que acerque al jugador/a a la realidad del partido. Nace así la Periodización Táctica, que si bien tiene componentes muy cercanos al Entrenamiento Estructurado, supedita todo a la táctica como el mayor bien supremo del equipo. Mientras Seirul.lo se centra en el jugador, al que denomina Ser Humano-Deportista, Frade lo hace en el equipo y su táctica, anclado en unos principios y subprincipios del juego donde el saber hacer es principal. Ambas beben de las fuentes de la ciencia de la complejidad desde distintos enfoques, ambas tienen unas líneas claras de entrenamiento (Situaciones Simuladoras Preferenciales en el caso del EE y Morfociclo-Patrón en la PT) y son metodologías predominantes en el siglo XXI. Guardiola y Mourinho son sus máximos exponentes.

El fútbol seguirá evolucionando en sus distintas metodologías al mismo tiempo que habrá quien piense que todo esto comentado anteriormente no sirve para nada y que con tener unos buenos jugadores ya vale, despreciando el trabajo de aquellos que buscan la senda del conocimiento. Seguirán sin entender que ganar no es sinónimo de tener razón y que el camino al éxito, se logre o no, importa.

Analítico, global, integrado y estructurado. Ahora es momento de los entrenadores de elegir cuál es la que más se acerca a su modo de entender el juego.

Cada cierto tiempo suena, de manera recurrente, el manido mantra de que el talento suele estar encorsetado bajo el auspicio de entrenadores intransigentes que quieren llevar la razón antes de que un jugador talentoso y diferente destaque. También está la otra vertiente, claro, la que dice que un jugador talentoso en el equipo debe ir por libre, porque el fútbol es de los jugadores y tienen que expresarse en el campo como son.

Ambas se parecen. Y ambas, mienten.

El talento es acortar tiempo 

El talento tiene muchas caras y muchos nombres. Pero, si nos referimos al fútbol, ¿qué es el talento? Y además, ¿el talento se puede medir? Cabría pensar que alguien con una batería de datos sería capaz de calibrar el talento de una forma precisa, pero en realidad no es así. Como explicaba el profesor Iñaki Refoyo en una clase sobre detección de talentos a principio de los años 2000 en el INEF de Madrid, él podía tener un ordenador con todas las estadísticas, pero luego aparecía un señor con bastón que observaba el entrenamiento y decía «el bueno es ése». Y acertaba. Una pila de datos no te da la capacidad de saber lo esencial a la hora de detectar un talento. Es el ojo entrenado el que marca la diferencia.

Se puede definir el talento como la capacidad para acortar tiempo de aprendizaje: lo que uno aprende en dos años, el talentoso lo aprende en dos meses. Eso hace que la gente con verdadero talento destaque en edades prematuras hasta encontrar ciertas resistencias.

A fuego lento el talento se forja mejor

Todo aquel jugador o jugadora con talento merece unos formadores a su altura. Y eso no es tan fácil como parece. Bien decía Paco Seirul.lo que Iniesta le «obligaba» a buscar ejercicios para desarrollar el talento. Enfrentarle a situaciones donde el talento se exprese y se eleve requiere tener formadores que sean capaces de potenciarlo, no de exprimirlo. Y muchas veces eso se confunde. El talento crece con calma lejos de las focos pero cada vez es más complicado cuando las cámaras se meten en los vestuarios, los medios de comunicación publican documentales cada 4 meses y las redes sociales crean ídolos de barro o mutilan carreras que parecían portentosas. No digamos las familias que ven que tienen en casa un cheque en blanco en miniatura. El deporte de élite es atroz y el talento hay que saber cuidarlo desde todos los perfiles, porque no hay una relación lineal.

El entrenador y el talentoso no son enemigos

El ego de los entrenadores y de los jugadores juega a veces malas pasadas. No en vano, según recoge Martí Perarnau en Herr Pep, Guardiola tiene una frase en la pizarra: los egos matan el vestuario. Ejemplos hay de todo tipo. Para lo más viejos del lugar, Javier Clemente y Manuel Sarabia. Para alguien más joven, Louis Van Gaal y Juan Román Riquelme o Rivaldo. Incluso hoy en día sigue habiendo encontronazos, los tuvo Guardiola con Ibrahimovic, Mourinho con Casillas o Ferguson con Beckham. Muchas veces hay que saber medir y ser asertivo. Otras veces, hay que decir «hasta aquí» ya sea por el bien del colectivo o por el bien propio. Los entrenadores no somos santos ni los jugadores tienen siempre razón. Los equipos son altamente sensibles y todos tienen que poner de su parte.

Baste el ejemplo de Luis Enrique, flamante ganador de la Champions League con el París Saint-Germain y la ya incónica frase «el año que viene controlaré a todos los jugadores» refiriéndose implícitamente a la salida de Kylian Mbappé hacia Madrid. La lectura puede verse desde muchos frentes: que Luis Enrique manda y el talento debe salir, que Mbappé no quería estar en un equipo donde no pudiera ser «libre» o incluso que el carácter de ambos no congeniaba. Visto lo que han enseñado las cámaras, es todo más sencillo: uno busca aunar esfuerzos en pos de una mejora global del equipo, otro busca una ambición profesional tras una etapa terminada en París. Y ambos tenían razón.

Ignorar al ignorante

El fútbol es un deporte con un recorrido más que centenario. Siempre ha habido voces que han buscado su nicho de mercado, su espacio de promoción o simplemente llamar la atención por cualquier motivo. Como decía el personaje de Harry Callahan interpretado por Clint Eastwood, las opiniones son como el agujero del culo, todos tenemos una y pensamos que la de los demás apesta. Va en nuestro ADN, como un instinto de protección y cierto complejo de inferioridad, que, generalmente, se debe superar con el tiempo y con formación. Y muchas veces eso es lo que falta, formación, lectura, profundidad y ciertas dudas a la hora de emitir una opinión.

No es igual cerrar la puerta del vestuario y estar dentro que estar fuera. No es igual diseñar un entrenamiento que verlo desde la grada. No es igual comentar en el bar que dentro de un staff técnico. Y no es por la falta de datos estadísticos, sino la falta de información importante y sobre todo, del oficio y la experiencia. Hablar es gratuito. Y de fútbol, más.

No se trata de exponer aquí una razón y supeditar al resto, sino de entender que muchas veces hay información que no sabemos y que debemos tratar con mesura. Y eso es lo que diferencia una opinión fundamentada de otra que, aun envuelta en una lírica preciosista, suena a plástico. En este mundo lleno de exposición querer pasar desapercibido es casi imposible. Pero al igual que muchas personas necesitan ese espacio de expresión, hay otras que buscan de manera poco honesta llamar la atención. Como decía Frank T «presumes de gritar, hacen más ruido los chillones».

Es necesario aunar esfuerzos en proporcionar una pedagogía a aquel que emita una opinión, buscando que ésta sea cercana a la verdad con la información que uno tiene (nunca tan cercana a la que controla un vestuario y un cuerpo técnico como es obvio). Es necesario tener un bagaje que, cuando se comente algo, sea con fundamento y no solo por tener ganas de notoriedad. Es labor de todos, y no de unos pocos, llevar el mensaje de que podemos pensar diferente, pero hay que argumentarlo. En un mundo de prisas, la reflexión no cuenta. Y el ignorante se envalentona.

El ignorante no tiene por qué ser una persona alejada del mundo del fútbol, solo tiene que anteponer su opinión (y su ego) antes que a la duda. Y con eso, si no hay algo que lo sustente, se basta en su perorata por decir lo mismo que esta última línea: nada, algo vacío, inocuo, que no aporta nada más que para generar tráfico en redes sociales, para llamar la atención de un incauto o para simplemente ser un troll.

Sólo así se pueden leer cosas como que lo colectivo mata el talento cuando el talento sin lo colectivo (y viceversa) no son nada. Que las academias/fútbol base de clubes matan el talento o que el fútbol verdadero es el fútbol de la calle. Todas esas aseveraciones pueden ser dichas por maldad o por ignorancia. Y lo primero, siempre lejos. Y lo segundo, siempre intentando no serlo.

En el siglo XXI hay ejemplos de sobra, bibliografía disponible, estudios, papers y demás artículos que explican la necesidad de tener una metodología exitosa. Se han escrito libros e hilos de tweets extensos sobre el desarrollo del fútbol como para que alguien venga ahora a exponer comentarios que parecen salidos de décadas atrás. El talento se canaliza, no se obstruye. El orden es necesario, pero que no encorsete. Entender nuevas definiciones de talento y de orden (Seirul.lo se alarga en estas palabras) provocarán nuevas opiniones más fundamentadas.

No hay verdades absolutas, ni en el fútbol, ni en la vida. Los entrenadores se equivocan, los jugadores, también. Por eso la duda es algo tan importante, porque nos permite crecer. Y la ignorancia es un freno enorme en nuestra sociedad. No sean ignorantes.

Diego Pablo Simeone va camino de su decimoquinta temporada a finales de 2025, lejos todavía de las longevas temporadas de Sir Álex Ferguson y ya no digamos de Guy Roux en el Auxerre (44 años en el cargo le avalan), pero con la sensación de desgaste acumulado. Demasiados sinsabores últimamente y la sensación de que el equipo necesita otra vuelta de tuerca.

Si uno analiza la figura del Cholo desde varios puntos de vista verá que es una jugada ganadora para todas las partes: la afición se entrega con pasión a uno de sus ídolos en el campo, ahora en el banquillo, la directiva respira porque tiene un parapeto antes de que la opinión pública les señale, los jugadores saben que les entrena un tótem colchonero y el propio Simeone sabe que va a tener en el conjunto del Manzanares (esté donde esté jugando el Atleti siempre será el equipo del Manzanares) unas condiciones que no se van a dar en otro club en cuanto a compromiso, dinero y recursos. En definitiva, todo ha salido bien con su fichaje.

Y ha tenido sus buenos momentos. Aprovecha al comienzo de su llegada una dinámica positiva para hacerse fuerte poco a poco, vuelve a situar al Atlético de Madrid cerca de las posiciones de cabeza y en Europa empieza a ser un equipo que levanta trofeos, como la Europa League o la Supercopa de Europa. Conquista una liga que parecía ya olvidada, una Copa del Rey y pierde dos finales de Champions de manera cruel (pequeño incisillo a lo Miguel Maldonado: el Atlético de Madrid ha jugado tres finales de Copa de Europa/Champions League y no ha ganado ninguna de las tres sin haber perdido en lo primeros 90 minutos, ver para creer).  Simeone da títulos en un lustro largo al Atlético de Madrid, pero las cosas van haciéndose cada vez más espesas.

Si miramos los números (algo que por mucho que se diga, vale de poco, ya saben lo que decía Lillo sobre las estadísticas), el Atlético de Madrid no ha pasado de cuartos de final de Champions desde la campaña 2016-2017. En Liga, teniendo a dos colosos como Madrid y Barça, levantar un título es muy difícil, y en mi opinión muy pocos aficionados colchoneros andan obsesionados con la Liga, sabedores de lo que tienen cerca. No son tanto los números como el posible hastío, la pesadez de la rutina.

Puede que el aficionado colchonero se esté cansando del juego del Atlético como se cansaba Cicerón de las conspiraciones de Catilina para ser cónsul romano. Puede que el entrenador argentino no esté dando con la tecla y siga persistiendo en su idea, quizá poco vistosa, pero que puede dar sus frutos en el futuro, como pensaba Catilina al unirse a Manlio. Puede también que, en un momento dado, alguien le pueda recordar al Cholo las palabras de Cicerón: Quousque tandem abutere, Simeone, patientia nostra? (segundo incisillo a lo Maltorres: defiendan las Humanidades).

¿Estarán los aficionados colchoneros impacientes por un cambio? ¿Estará Simeone con las suficientes ganas por seguir peleando cada título? Parece que en el conjunto atlético hay una doble convivencia: la que, por un lado, acepta su rol de tercer equipo en la disputa de títulos domésticos y la que, por contra, exige estar más cerca de Madrid y Barça. Y que, cuando eso no pasa, va a intentar al menos encontrar cierta alegría en el juego del equipo. La pregunta que habría que hacer al aficionado colchonero es, si en todos estos años, el juego del equipo de Simeone les ha gustado.

Simeone no es Guardiola  ni practica el juego de posición (algo que quedó claro en su visita a Barcelona cuando comentó, con razón, que él no sentía esa manera de jugar), tampoco tiene la necesidad de ganar cada partido como puede ser la urgencia del Real Madrid, donde un empate ya es un gesto torcido. No parece que haya habido una evolución en la propuesta más allá de movimientos tácticos que han desembocado en una línea de 5 jugadores que surtió un efecto momentáneo pero que encorseta en gran medida los siguientes movimientos del equipo. El fútbol de los entrenadores y sus ideas está cambiando relativamente rápido. Si hasta el Real Madrid tiene un entrenador que apuesta por el Juego de Posición (algo impensable en Chamartín), ¿qué tipo de actualización va a realizar Simeone para que su equipo sea competitivo de nuevo?

En alguna rueda de prensa el entrenador argentino ha tenido que «justificar» la capacidad de poder optar a un título. En la última temporada, sus incorporaciones han sido de gran nivel, pero no ha encontrado ninguna posibilidad de luchar por la Liga. En Europa, otra vez ante el Real Madrid, volvió a sucumbir. Y ese es otro factor que también puede pesar: la terrible losa que es perder dos finales de Champions League contra el eterno rival y que en el imaginario colectivo colchonero se vea como una tarea imposible poder superar al Real Madrid desde el aspecto psicológico.

El desgaste de un entrenador de élite es enorme. Catorce temporadas seguidas pasan factura. Veremos qué decide Simeone, renovado hasta 2027, en el que parece ser un nuevo proyecto que despegue una vez asentados los nuevos fichajes. Esperaremos a que ruede el balón para evaluar la propuesta de Simeone. Quizá sepamos ya lo que puede pasar, viendo las temporadas anteriores. Siempre habrá ilusión, pero, si se desvanecen la opción de títulos pronto, puede que los aficionados empiecen a recordar de nuevo las palabras de Cicerón.

De las señas de identidad del Real Madrid se han escrito verdaderas epoyeyas, encíclicas enteras sobre lo grande que es (y lo es) su escudo y su historia. Desde las ideas de Bernabéu diseñando la Copa de Europa, la Santísima Trinidad de Di Stéfano, Puskas y Gento, el Madrid de los Ye-Ye y la Séptima de Amsterdam hasta las de las remontadas imposibles que solo parece hacer el conjunto blanco en un remate de Sergio Ramos o ante el City en semifinales. Dicen que nunca se rinden, y su relato se compra.

Pero hay cosas que se dicen menos. Como que desde hace unos años han sabido adaptarse haciendo propio caminos que en principio no han sido de su agrado. Y no, no es (o no es sólo por eso) por el fichaje de Xabi Alonso como entrenador, trayendo, en teoría, el juego de posición a Chamartín.

Llega Guardiola, hay que hacer algo

La irrupción de Pep Guardiola como entrenador al más alto nivel es absolutamente gigantesca en su primer año y se lleva por delante a Schuster y a Juande Ramos con el agravio del 2-6. Las alarmas saltan, porque la grieta es abismal y la diferencia no para de crecer. La Mano que Mece la Cuna, que había dejado el palco durante unos años, vuelve y decide buscar antídotos: el primero, Manuel Pellegrini.

Los equipos de Pellegrini tienen gusto por el balón y la asociación. Por contra, son lentos como un elefante en la sabana, suelen llegar bien a su destino pero no logran rematar el objetivo. Además, La Mano que Mece la Cuna gasta dinero a espuertas porque no puede tolerar que el Barça logre lo que apunta: una dominación tiránica. Llegan Xabi Alonso, Benzema, Kaká y Cristiano Ronaldo junto a sus presentaciones mastodónticas. Casi nada. Y el Madrid, echa a andar.

Luego llegó Alcorcón y una humillación histórica (pequeño incisillo a lo Maltorres: en aquella época salía a preparar la pretemporada de mi equipo cerca del equipo de Anquela y ya en agosto veía los entrenamientos del conjunto alfarero y me asombraba lo bien que encajaba todo a esas alturas), el desastre ante el Lyon sin un ápice de emoción y la sentencia florentinesca activada por medio de su mejor aval: Eduardo Inda al grito de «hola marquistas». Pocas veces se ha visto mayor miseria moral desde un periódico, lo cual no es fácil viendo según qué cosas.

Más allá de todos los errores y aciertos de Pellegrini, al que le construyeron un equipo que no casaba con sus gustos de manera clara y de su incapacidad de insuflar ilusión a la afición, el Barça de Guardiola seguía en crecimiento y su segundo año todavía era mejor en el juego que el año anterior. El madridismo miraba con terror que el Barça levantara una Champions en el Bernabéu. Y un nombre salía a relucir: José Mourinho.

Primero no imito, contrapongo

Después de que todo el madridismo contuviera la respiración con el gol anulado a Bojan en la vuelta de semifinales en el Camp Nou y viendo a Mou recorrer el campo culé empapado de agua, parecía claro que era el elegido. Había maquinaria, había ilusión por volver a ganar y un solo objetivo: echar a Pep Guardiola de la cima, sea como fuere. O como dijo el mamporrero florentinesco, por lo civil o por lo criminal.

Lo más gracioso de todo es que no era necesaria toda esa parafernalia para echar a Guardiola, no solo de la cima, sino del Barça. La Mano que Mece la Cuna se habría ahorrado mucho dinero si sólo hubiera entendido que el mayor enemigo del de Santpedor no estaba en Chamartín, sino sentado en el palco culé.

Si se echa un ojo con la perspectiva del tiempo, el propósito de desgaste tuvo su efecto. Pero por el camino se dejó muchas de las virtudes que han cimentado la historia del Real Madrid. Hasta el punto de que un entrenador del conjunto merengue agreda a otro entrenador y se permitan pancartas de apoyo o que su presidente diga que lo que su entrenador hace también es madridismo.

La primera idea, la del derrumbe, sale bien a medias. El Madrid tiene momentos buenos, vuelve a recuperar su orgullo pisoteado pero no acaba de contentar a muchos aficionados ni logra una ansiada Champions. Mourinho triunfa a medias. Algo hay que hacer. Guardiola marcha, harto de Rosell. Mourinho sale al poco tiempo, alardeando de semifinales. El Madrid sigue sin tener ese aura que le hacía invencible.

Segundo plan: Qué hace bien el rival, cómo puedo hacerlo mío

Supongo que alguien en la zona noble del Bernabéu pensaría, al ver a Lassana Diarra perseguir sombras culés tras el 5-0 donde el Camp Nou cantaba a un Mourinho agazapado en su banquillo, que ese plan no podía ser muy viable durante tiempo. Y se puso a analizar qué tenía el Barça que le hiciera diferente. Y como Messi solo hay uno, miró un poco más atrás. Y supongo que alguien haría la siguiente pregunta: ¿Cómo paramos a Xavi e Iniesta? Quizá, alguien, daría con la respuesta: trayendo jugadores de similares características. Y llega Luka Modric.

El croata intenta articular a un equipo que pasaba por tener a Khedira cerca de Xabi Alonso. Un primer paso pero no tanto como para poder dominar de manera recurrente. Se necesitaba algo más. Y lo encontrarían en una pataleta de Rummenige.

La llegada de Toni Kroos al conjunto blanco es la culminación de una idea: el Madrid decide que los centrocampistas dominen el juego. Lejos quedan los días de Casillas y Cristiano salvando al equipo, del desprecio al tan manido Tiki-Taka. El Madrid empieza a querer el balón para quitárselo al rival y minimizar a un Barça que, entre cambios de presidentes, tripletes efímeros y desastre económico iba a hacer aguas poco a poco. El Real Madrid crecía en juego, cuando hasta hace poco lo miraba con cierto desdén.

Tercer plan: Tranquilidad, escudo e historia

El experimento mourinhista dejó entre otras cosas un exceso de ruido que tampoco favoreció al madridismo. Kroos y Modric poco tenían que ver con Diarra o Khedira, la idea de un falso nueve con Benzema viniendo a recibir parecía ser bien acogida de repente y el estado de histeria de años atrás ya no era necesario. Sin Guardiola ni Luis Enrique, el Barça tenía otro tono. Y el Madrid, también. Y el Real Madrid volvió a lo que tenía antes, a dar preponderancia a los jugadores con entrenadores que hicieran menos ruido que los anteriores.

Que Zidane y Ancelotti fueran exitosos se entiende desde la visión de un Real Madrid que ha aunado en un  corto periodo de tiempo tres cosas: jugadores excelentes, un clima estable donde el Bernabéu era esencial llegado el caso y esa dosis de fe que el Madrid tiene a raudales.

En realidad la manida frase que se escribía anteriormente (escudo e historia) es un mantra que ayuda a meter miedo para aquellos incautos que duden, pero que no ganan títulos per se. «Dicen que nunca se rinde» o «Hasta el final» es simplemente recordar a los rivales que se enfrentan a un enemigo poderoso. Pero eso no hace ganar un sextete. Ni siquiera un triplete. Sólo ayuda en momentos puntuales en los que ningún equipo ha logrado sacar mejores resultados que el conjunto merengue. Había suerte, claro, pero lo que había sobre todo eran buenos jugadores que jugaban teniendo el balón como base. Y eso, aunque no era anatema, a veces se veía con cierta división de opiniones. Que le pregunten a Martín Vázquez.

El madridismo jugó bien sus cartas, trajo a sus «bajitos» y los hizo eternos.

Cuarto plan: ¿Juego de posición en el Bernabéu?

Ahora, con la retirada del, bajo mi punto de vista, mejor centrocampista de la historia del Real Madrid, Toni Kroos, y la salida de Luka Modric, el Real Madrid debe rearmarse, viendo que el Barça de Flick asoma la cabeza comandado por un Lamine Yamal espectacular y que en Europa el Arsenal le recordó que hay cosas que han ido cambiando en poco tiempo. La sombra de Guardiola en Europa ya es un hecho similar a la influencia de Jimmy Hogan a principios del siglo anterior, y el Real Madrid no quiere perder ese tren, siempre desde ciertas líneas innegociables como son la de traer jugadores muy buenos que ilusionen, como Kylian Mbappé. Guardiola no va a ir al Madrid, pero hay que buscar algo que sea capaz de igualar ese modo de jugar haciéndolo propio. Dicho de otro modo, el Madrid compra juego de posición. Pero, ¿lo impondrá Xabi Alonso?

No dejaría de ser paradójico que el Real Madrid y sus aficionados empezaran a aplaudir una secuencia de pases lo suficientemente larga como para desorganizar al rival, a hacerse preguntas sobre la manera más efectiva de sacar el balón desde atrás o ver extremos con la zamarra madridista pegados a la cal. No hace tanto, el dedo de Mourinho guiaba el camino. Ahora puede ser el tercer hombre.

Como en todo, habrá detractores de este juego, pero viendo que las semillas que plantó Seirul.lo, regó Cruyff y germinó Guardiola se van esparciendo por Europa, el Real Madrid hace algo lógico: no juega ya contra un equipo que practica juego de posición, juega contra más de uno. Juega contra Arteta, contra Luis Enrique, contra Guardiola. Algo hay que hacer porque ese tren está carburando, aunque haya que leer por redes sociales a panfletarios que avecinaban un apocalipsis por las eliminaciones gunners y citizen olvidando de manera partidista que Luis Enrique ha hecho historia en París. No es que todos los equipos jueguen igual o practiquen juego de posición, no. Es que los que están triunfando de manera más recurrente son los que lo practican o lo asimilan.

El Real Madrid, como todo club, hará lo que sea por seguir en la senda del éxito. Si fue capaz de imitar el perfil de jugadores, también puede imitar la idea de juego que está cosechando éxitos. El Real Madrid ha hecho ese viaje y le ha salido bien. Pero es un viaje de un solo sentido: cuando el Barça ha intentado ser el Real Madrid no ha salido bien. Y es algo que no se debe olvidar en tierras catalanas.

Mientras, Xabi Alonso está en camino.