Mourinho, el entrenador y el deportista

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A nadie se le puede escapar que José Mourinho es uno de los grandes entrenadores de todos los tiempos y uno de los mejores de lo que llevamos de siglo. Asimismo, a nadie puede obviar que es uno de los deportistas más tóxicos que ha habido en el panorama futbolístico.

Es importante separar la faceta de entrenador de la de deportista para quedarse con la parte de la que menos se habla de Mourinho, la de ser adalid de una propuesta metodológica de vanguardia y con un conocimiento amplísimo de recursos para que su equipo haga exactamente lo que el entrenador luso quería en cada momento. Decimos lo de separar ambas facetas porque la parte mediática, la del deportista son escrúpulos que usa todo para ganar, es despreciable. Porque no todo vale para ganar en el deporte.

El Mourinho entrenador es criado en el ambiente de la Periodización Táctica donde Vitor Frade es el equivalente de Paco Seirul.lo en términos metodológicos al Entrenamiento Estructurado. Los principios del juego, los sub-principios y todo lo que emerge de esa metodología hace que invariablemente la Periodización Táctica y el Entrenamiento Estructurado sean dos metodologías específicas de los deportes colectivos. Esto supone toda una revolución, pues las metodologías analíticas y globales quedan relegadas a un segundo plano.

Existen diferencias entre la PT y el EE. Mientras la primera supedita la táctica a todo lo demás, la segunda se centra en el Ser-Humano-Deportista como base del juego. Pero también tienen similitudes, como es poner las ciencias de la complejidad en primer plano, priorizando el ecosistema cambiante y organizando al equipo de una manera distinta, más orgánica.

En eso, el Mourinho entrenador es espectacular. Sus equipos, tanto Porto como Chelsea preferiblemente, se convierten en máquinas de dominar los tempos de los partidos, de ser inexpugnables en área propia y de penalizar cada error rival. Son equipos duros, rocosos, casi sin fisuras, que dominan el partido aunque no dispusieran del balón. Su Inter de Milán enfatizó su capacidad para lanzar balones a sus delanteros a través de contraataques fulgurantes, similar a lo realizado en el Real Madrid. De su gran noche europea, la defensa numantina en el Camp Nou, cabe recordar que su organización interna fue excelsa, pero que su equipo perdió ese partido aunque logró pasar la eliminatoria.

Su llegada al Real Madrid auspiciada por Florentino para derrotar a Guardiola (que no al Barça) tuvo carta blanca para hacer lo que quisiera, poniendo en primer lugar al deportista antes que al entrenador, pues había que destruir a Guardiola por lo civil o por lo criminal, como dijo el infame Eduardo Inda. El entrenador capaz de desquiciar al rival con una solidez táctica excelente dejó paso al deportista despreciable capaz de meter el dedo en el ojo a un rival y llamarle Pito Vilanova.

Pero ese Mourinho que se saltaba todas las reglas no empezó en Madrid. Ya en Portugal y especialmente en el Chelsea tuvo enfrentamientos con entrenadores rivales. Lo que sucedió en Madrid fue que tuvo el altavoz más grande del mundo futbolístico para sacar lo peor del fútbol. Muchos aficionados lo aplaudieron. En la zona noble, lo jalearon. El Mourinho deportista cumplió su misión: lograr que Guardiola se desgastara al tiempo que Sandro Rosell maniobraba para largarle. El Mourinho entrenador, en cambio, fracasó en la construcción de un equipo que lograra una Champions, único baremo que le vale al aficionado de Chamartín.

Trece años después vuelve José Mourinho al Santiago Bernabéu, en lo que parece su etapa más zen. Veremos si le dura. Mientras, el Mourinho entrenador espera su oportunidad tras el telón de la pantomima mediática, deseando ser protagonista como lo era hace veinte años.

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