El dolor de una afición
Cuando terminó el partido, el marcador reflejaba un 0-5. La mirada de Corberán, impasible en la línea de banda mientras en las gradas el aficionado se marchaba rojo de ira tras cantar la dimisión de su entrenador, hacían buenos los presagios de todos aquellos que decían que el Valencia sigue a la deriva. Y no es una deriva cualquiera.
El desastre a todos los niveles, desde la dirección de Peter Lim (y el resto de Lims) al césped, pasando por las oficinas donde Ron Gourlay no parecía dar con la tecla y una salvación in extremis en la recta final de la liga anterior eran un toque serio. Pero tras un verano donde parece que no ha cambiado nada, el Valencia tiene pinta de enfermo grave y, todavía peor, de larga duración.
El Valencia es un gigante agujereado que ha tenido en la última década algunos momentos buenos, varios entrenadores consistentes (Valverde, Marcelino) pero todo se ha ido cayendo, a veces poco a poco, a veces salvando los muebles como se ha podido. Lejos quedan los momentos en los que Luis Aragonés azuzaba a Mijatovic para lograr un subcampeonato, los éxitos de Benítez en Liga y UEFA, dos finales de Champions y sobre todo la sensación de estabilidad. Hace tiempo ir a Mestalla era sinónimo de encontrar un rival que podía optar, en un buen año, a meterse entre los cuatro primeros. La última vez que quedó cuarto fue en la temporada 2018/2019. Eso explica a las claras el último lustro ché, donde el hartazgo es tan grande que Valencia mira cerca lo que ha sucedido con otros grandes de la Liga (siendo el caso más agudo, el del Real Zaragoza) y no ve el final de la caída.
Quizá habría que hacerse muchas preguntas. ¿Por qué Carlos Corberán no está siendo capaz de encontrar una identidad en el modo de jugar? ¿Por qué el nivel de los jugadores valencianistas está alejado de lo que ha supuesto históricamente llevar esa camiseta? ¿Por qué la mudanza al Nou Mestalla, casi dos décadas después del desfalco que fue la burbuja inmobiliaria, puede suponer un comienzo terrible allí?
Por momentos todo el Valencia C.F. parece sacado de esa maravilla de libro que es Crematorio, la novela de Rafael Chirbes, donde todo está condicionado al desencanto y a la desesperanza. La gente se ha hartado de que su club no encuentre la hoja de ruta que les haga volver a ser grandes y que puedan llenarse el bolsillo antes que las vitrinas. Mestalla, que siempre era plaza complicada para sus rivales, ahora es oportunidad para ahondar en su crisis. El Valencia se desangra y los fantasmas del descenso asoman como hace 40 años.



Sandro Halank
Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!