Los días innatos

Voy a escribir con la poca nada que me queda. Con esa pena innata que tiene todo aquel que ha nacido marcado. De todos los que conocen la derrota en los días que pesan. Pesan los días.

Los días van pesando poco a poco, como la nada innata que marca la pena. De los derrotistas que conocen el peso de la vida. De la vida innata que poseen a los que no les queda nada. La nada marca, quien lo probó, lo sabe, bajo el peso de la derrota de los que han conocido lo innato de los días. Los días innatos.

Lo innato que nace del instinto que hace que la nada retroceda. Del fuego caliente que agrieta tus venas purificando tu cuerpo. De la nada que son todas estas palabras que danzan entre ellas, silbantes, ululantes, estridentes y secas, mostrando solo su parte más brillante, obviando su cara más fea.

Lo instintivo que nace de lo innato, de lo puro, de lo de dentro, del alma, del duende, de lo primario, de lo prosaico, de lo certero, de lo asentado. De lo que dictan las tripas, de lo que resuena cuando el alma explota. Del pequeño silencio que se hace una vez todo ha pasado. De lo innato, de lo que nadie se esconde.

En los días innatos no hay lugar para la hipocresía, porque cuando la noche se alza, los fantasmas advierten. Y lo innato, no engaña.

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