Lo colectivo no mata el talento, lo mata la ignorancia

Cada cierto tiempo suena, de manera recurrente, el manido mantra de que el talento suele estar encorsetado bajo el auspicio de entrenadores intransigentes que quieren llevar la razón antes de que un jugador talentoso y diferente destaque. También está la otra vertiente, claro, la que dice que un jugador talentoso en el equipo debe ir por libre, porque el fútbol es de los jugadores y tienen que expresarse en el campo como son.

Ambas se parecen. Y ambas, mienten.

El talento es acortar tiempo 

El talento tiene muchas caras y muchos nombres. Pero, si nos referimos al fútbol, ¿qué es el talento? Y además, ¿el talento se puede medir? Cabría pensar que alguien con una batería de datos sería capaz de calibrar el talento de una forma precisa, pero en realidad no es así. Como explicaba el profesor Iñaki Refoyo en una clase sobre detección de talentos a principio de los años 2000 en el INEF de Madrid, él podía tener un ordenador con todas las estadísticas, pero luego aparecía un señor con bastón que observaba el entrenamiento y decía «el bueno es ése». Y acertaba. Una pila de datos no te da la capacidad de saber lo esencial a la hora de detectar un talento. Es el ojo entrenado el que marca la diferencia.

Se puede definir el talento como la capacidad para acortar tiempo de aprendizaje: lo que uno aprende en dos años, el talentoso lo aprende en dos meses. Eso hace que la gente con verdadero talento destaque en edades prematuras hasta encontrar ciertas resistencias.

A fuego lento el talento se forja mejor

Todo aquel jugador o jugadora con talento merece unos formadores a su altura. Y eso no es tan fácil como parece. Bien decía Paco Seirul.lo que Iniesta le «obligaba» a buscar ejercicios para desarrollar el talento. Enfrentarle a situaciones donde el talento se exprese y se eleve requiere tener formadores que sean capaces de potenciarlo, no de exprimirlo. Y muchas veces eso se confunde. El talento crece con calma lejos de las focos pero cada vez es más complicado cuando las cámaras se meten en los vestuarios, los medios de comunicación publican documentales cada 4 meses y las redes sociales crean ídolos de barro o mutilan carreras que parecían portentosas. No digamos las familias que ven que tienen en casa un cheque en blanco en miniatura. El deporte de élite es atroz y el talento hay que saber cuidarlo desde todos los perfiles, porque no hay una relación lineal.

El entrenador y el talentoso no son enemigos

El ego de los entrenadores y de los jugadores juega a veces malas pasadas. No en vano, según recoge Martí Perarnau en Herr Pep, Guardiola tiene una frase en la pizarra: los egos matan el vestuario. Ejemplos hay de todo tipo. Para lo más viejos del lugar, Javier Clemente y Manuel Sarabia. Para alguien más joven, Louis Van Gaal y Juan Román Riquelme o Rivaldo. Incluso hoy en día sigue habiendo encontronazos, los tuvo Guardiola con Ibrahimovic, Mourinho con Casillas o Ferguson con Beckham. Muchas veces hay que saber medir y ser asertivo. Otras veces, hay que decir «hasta aquí» ya sea por el bien del colectivo o por el bien propio. Los entrenadores no somos santos ni los jugadores tienen siempre razón. Los equipos son altamente sensibles y todos tienen que poner de su parte.

Baste el ejemplo de Luis Enrique, flamante ganador de la Champions League con el París Saint-Germain y la ya incónica frase «el año que viene controlaré a todos los jugadores» refiriéndose implícitamente a la salida de Kylian Mbappé hacia Madrid. La lectura puede verse desde muchos frentes: que Luis Enrique manda y el talento debe salir, que Mbappé no quería estar en un equipo donde no pudiera ser «libre» o incluso que el carácter de ambos no congeniaba. Visto lo que han enseñado las cámaras, es todo más sencillo: uno busca aunar esfuerzos en pos de una mejora global del equipo, otro busca una ambición profesional tras una etapa terminada en París. Y ambos tenían razón.

Ignorar al ignorante

El fútbol es un deporte con un recorrido más que centenario. Siempre ha habido voces que han buscado su nicho de mercado, su espacio de promoción o simplemente llamar la atención por cualquier motivo. Como decía el personaje de Harry Callahan interpretado por Clint Eastwood, las opiniones son como el agujero del culo, todos tenemos una y pensamos que la de los demás apesta. Va en nuestro ADN, como un instinto de protección y cierto complejo de inferioridad, que, generalmente, se debe superar con el tiempo y con formación. Y muchas veces eso es lo que falta, formación, lectura, profundidad y ciertas dudas a la hora de emitir una opinión.

No es igual cerrar la puerta del vestuario y estar dentro que estar fuera. No es igual diseñar un entrenamiento que verlo desde la grada. No es igual comentar en el bar que dentro de un staff técnico. Y no es por la falta de datos estadísticos, sino la falta de información importante y sobre todo, del oficio y la experiencia. Hablar es gratuito. Y de fútbol, más.

No se trata de exponer aquí una razón y supeditar al resto, sino de entender que muchas veces hay información que no sabemos y que debemos tratar con mesura. Y eso es lo que diferencia una opinión fundamentada de otra que, aun envuelta en una lírica preciosista, suena a plástico. En este mundo lleno de exposición querer pasar desapercibido es casi imposible. Pero al igual que muchas personas necesitan ese espacio de expresión, hay otras que buscan de manera poco honesta llamar la atención. Como decía Frank T «presumes de gritar, hacen más ruido los chillones».

Es necesario aunar esfuerzos en proporcionar una pedagogía a aquel que emita una opinión, buscando que ésta sea cercana a la verdad con la información que uno tiene (nunca tan cercana a la que controla un vestuario y un cuerpo técnico como es obvio). Es necesario tener un bagaje que, cuando se comente algo, sea con fundamento y no solo por tener ganas de notoriedad. Es labor de todos, y no de unos pocos, llevar el mensaje de que podemos pensar diferente, pero hay que argumentarlo. En un mundo de prisas, la reflexión no cuenta. Y el ignorante se envalentona.

El ignorante no tiene por qué ser una persona alejada del mundo del fútbol, solo tiene que anteponer su opinión (y su ego) antes que a la duda. Y con eso, si no hay algo que lo sustente, se basta en su perorata por decir lo mismo que esta última línea: nada, algo vacío, inocuo, que no aporta nada más que para generar tráfico en redes sociales, para llamar la atención de un incauto o para simplemente ser un troll.

Sólo así se pueden leer cosas como que lo colectivo mata el talento cuando el talento sin lo colectivo (y viceversa) no son nada. Que las academias/fútbol base de clubes matan el talento o que el fútbol verdadero es el fútbol de la calle. Todas esas aseveraciones pueden ser dichas por maldad o por ignorancia. Y lo primero, siempre lejos. Y lo segundo, siempre intentando no serlo.

En el siglo XXI hay ejemplos de sobra, bibliografía disponible, estudios, papers y demás artículos que explican la necesidad de tener una metodología exitosa. Se han escrito libros e hilos de tweets extensos sobre el desarrollo del fútbol como para que alguien venga ahora a exponer comentarios que parecen salidos de décadas atrás. El talento se canaliza, no se obstruye. El orden es necesario, pero que no encorsete. Entender nuevas definiciones de talento y de orden (Seirul.lo se alarga en estas palabras) provocarán nuevas opiniones más fundamentadas.

No hay verdades absolutas, ni en el fútbol, ni en la vida. Los entrenadores se equivocan, los jugadores, también. Por eso la duda es algo tan importante, porque nos permite crecer. Y la ignorancia es un freno enorme en nuestra sociedad. No sean ignorantes.

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