El Real Madrid imita al Barça
De las señas de identidad del Real Madrid se han escrito verdaderas epoyeyas, encíclicas enteras sobre lo grande que es (y lo es) su escudo y su historia. Desde las ideas de Bernabéu diseñando la Copa de Europa, la Santísima Trinidad de Di Stéfano, Puskas y Gento, el Madrid de los Ye-Ye y la Séptima de Amsterdam hasta las de las remontadas imposibles que solo parece hacer el conjunto blanco en un remate de Sergio Ramos o ante el City en semifinales. Dicen que nunca se rinden, y su relato se compra.
Pero hay cosas que se dicen menos. Como que desde hace unos años han sabido adaptarse haciendo propio caminos que en principio no han sido de su agrado. Y no, no es (o no es sólo por eso) por el fichaje de Xabi Alonso como entrenador, trayendo, en teoría, el juego de posición a Chamartín.
Llega Guardiola, hay que hacer algo
La irrupción de Pep Guardiola como entrenador al más alto nivel es absolutamente gigantesca en su primer año y se lleva por delante a Schuster y a Juande Ramos con el agravio del 2-6. Las alarmas saltan, porque la grieta es abismal y la diferencia no para de crecer. La Mano que Mece la Cuna, que había dejado el palco durante unos años, vuelve y decide buscar antídotos: el primero, Manuel Pellegrini.
Los equipos de Pellegrini tienen gusto por el balón y la asociación. Por contra, son lentos como un elefante en la sabana, suelen llegar bien a su destino pero no logran rematar el objetivo. Además, La Mano que Mece la Cuna gasta dinero a espuertas porque no puede tolerar que el Barça logre lo que apunta: una dominación tiránica. Llegan Xabi Alonso, Benzema, Kaká y Cristiano Ronaldo junto a sus presentaciones mastodónticas. Casi nada. Y el Madrid, echa a andar.
Luego llegó Alcorcón y una humillación histórica (pequeño incisillo a lo Maltorres: en aquella época salía a preparar la pretemporada de mi equipo cerca del equipo de Anquela y ya en agosto veía los entrenamientos del conjunto alfarero y me asombraba lo bien que encajaba todo a esas alturas), el desastre ante el Lyon sin un ápice de emoción y la sentencia florentinesca activada por medio de su mejor aval: Eduardo Inda al grito de «hola marquistas». Pocas veces se ha visto mayor miseria moral desde un periódico, lo cual no es fácil viendo según qué cosas.
Más allá de todos los errores y aciertos de Pellegrini, al que le construyeron un equipo que no casaba con sus gustos de manera clara y de su incapacidad de insuflar ilusión a la afición, el Barça de Guardiola seguía en crecimiento y su segundo año todavía era mejor en el juego que el año anterior. El madridismo miraba con terror que el Barça levantara una Champions en el Bernabéu. Y un nombre salía a relucir: José Mourinho.
Primero no imito, contrapongo
Después de que todo el madridismo contuviera la respiración con el gol anulado a Bojan en la vuelta de semifinales en el Camp Nou y viendo a Mou recorrer el campo culé empapado de agua, parecía claro que era el elegido. Había maquinaria, había ilusión por volver a ganar y un solo objetivo: echar a Pep Guardiola de la cima, sea como fuere. O como dijo el mamporrero florentinesco, por lo civil o por lo criminal.
Lo más gracioso de todo es que no era necesaria toda esa parafernalia para echar a Guardiola, no solo de la cima, sino del Barça. La Mano que Mece la Cuna se habría ahorrado mucho dinero si sólo hubiera entendido que el mayor enemigo del de Santpedor no estaba en Chamartín, sino sentado en el palco culé.
Si se echa un ojo con la perspectiva del tiempo, el propósito de desgaste tuvo su efecto. Pero por el camino se dejó muchas de las virtudes que han cimentado la historia del Real Madrid. Hasta el punto de que un entrenador del conjunto merengue agreda a otro entrenador y se permitan pancartas de apoyo o que su presidente diga que lo que su entrenador hace también es madridismo.
La primera idea, la del derrumbe, sale bien a medias. El Madrid tiene momentos buenos, vuelve a recuperar su orgullo pisoteado pero no acaba de contentar a muchos aficionados ni logra una ansiada Champions. Mourinho triunfa a medias. Algo hay que hacer. Guardiola marcha, harto de Rosell. Mourinho sale al poco tiempo, alardeando de semifinales. El Madrid sigue sin tener ese aura que le hacía invencible.
Segundo plan: Qué hace bien el rival, cómo puedo hacerlo mío
Supongo que alguien en la zona noble del Bernabéu pensaría, al ver a Lassana Diarra perseguir sombras culés tras el 5-0 donde el Camp Nou cantaba a un Mourinho agazapado en su banquillo, que ese plan no podía ser muy viable durante tiempo. Y se puso a analizar qué tenía el Barça que le hiciera diferente. Y como Messi solo hay uno, miró un poco más atrás. Y supongo que alguien haría la siguiente pregunta: ¿Cómo paramos a Xavi e Iniesta? Quizá, alguien, daría con la respuesta: trayendo jugadores de similares características. Y llega Luka Modric.
El croata intenta articular a un equipo que pasaba por tener a Khedira cerca de Xabi Alonso. Un primer paso pero no tanto como para poder dominar de manera recurrente. Se necesitaba algo más. Y lo encontrarían en una pataleta de Rummenige.
La llegada de Toni Kroos al conjunto blanco es la culminación de una idea: el Madrid decide que los centrocampistas dominen el juego. Lejos quedan los días de Casillas y Cristiano salvando al equipo, del desprecio al tan manido Tiki-Taka. El Madrid empieza a querer el balón para quitárselo al rival y minimizar a un Barça que, entre cambios de presidentes, tripletes efímeros y desastre económico iba a hacer aguas poco a poco. El Real Madrid crecía en juego, cuando hasta hace poco lo miraba con cierto desdén.
Tercer plan: Tranquilidad, escudo e historia
El experimento mourinhista dejó entre otras cosas un exceso de ruido que tampoco favoreció al madridismo. Kroos y Modric poco tenían que ver con Diarra o Khedira, la idea de un falso nueve con Benzema viniendo a recibir parecía ser bien acogida de repente y el estado de histeria de años atrás ya no era necesario. Sin Guardiola ni Luis Enrique, el Barça tenía otro tono. Y el Madrid, también. Y el Real Madrid volvió a lo que tenía antes, a dar preponderancia a los jugadores con entrenadores que hicieran menos ruido que los anteriores.
Que Zidane y Ancelotti fueran exitosos se entiende desde la visión de un Real Madrid que ha aunado en un corto periodo de tiempo tres cosas: jugadores excelentes, un clima estable donde el Bernabéu era esencial llegado el caso y esa dosis de fe que el Madrid tiene a raudales.
En realidad la manida frase que se escribía anteriormente (escudo e historia) es un mantra que ayuda a meter miedo para aquellos incautos que duden, pero que no ganan títulos per se. «Dicen que nunca se rinde» o «Hasta el final» es simplemente recordar a los rivales que se enfrentan a un enemigo poderoso. Pero eso no hace ganar un sextete. Ni siquiera un triplete. Sólo ayuda en momentos puntuales en los que ningún equipo ha logrado sacar mejores resultados que el conjunto merengue. Había suerte, claro, pero lo que había sobre todo eran buenos jugadores que jugaban teniendo el balón como base. Y eso, aunque no era anatema, a veces se veía con cierta división de opiniones. Que le pregunten a Martín Vázquez.
El madridismo jugó bien sus cartas, trajo a sus «bajitos» y los hizo eternos.
Cuarto plan: ¿Juego de posición en el Bernabéu?
Ahora, con la retirada del, bajo mi punto de vista, mejor centrocampista de la historia del Real Madrid, Toni Kroos, y la salida de Luka Modric, el Real Madrid debe rearmarse, viendo que el Barça de Flick asoma la cabeza comandado por un Lamine Yamal espectacular y que en Europa el Arsenal le recordó que hay cosas que han ido cambiando en poco tiempo. La sombra de Guardiola en Europa ya es un hecho similar a la influencia de Jimmy Hogan a principios del siglo anterior, y el Real Madrid no quiere perder ese tren, siempre desde ciertas líneas innegociables como son la de traer jugadores muy buenos que ilusionen, como Kylian Mbappé. Guardiola no va a ir al Madrid, pero hay que buscar algo que sea capaz de igualar ese modo de jugar haciéndolo propio. Dicho de otro modo, el Madrid compra juego de posición. Pero, ¿lo impondrá Xabi Alonso?
No dejaría de ser paradójico que el Real Madrid y sus aficionados empezaran a aplaudir una secuencia de pases lo suficientemente larga como para desorganizar al rival, a hacerse preguntas sobre la manera más efectiva de sacar el balón desde atrás o ver extremos con la zamarra madridista pegados a la cal. No hace tanto, el dedo de Mourinho guiaba el camino. Ahora puede ser el tercer hombre.
Como en todo, habrá detractores de este juego, pero viendo que las semillas que plantó Seirul.lo, regó Cruyff y germinó Guardiola se van esparciendo por Europa, el Real Madrid hace algo lógico: no juega ya contra un equipo que practica juego de posición, juega contra más de uno. Juega contra Arteta, contra Luis Enrique, contra Guardiola. Algo hay que hacer porque ese tren está carburando, aunque haya que leer por redes sociales a panfletarios que avecinaban un apocalipsis por las eliminaciones gunners y citizen olvidando de manera partidista que Luis Enrique ha hecho historia en París. No es que todos los equipos jueguen igual o practiquen juego de posición, no. Es que los que están triunfando de manera más recurrente son los que lo practican o lo asimilan.
El Real Madrid, como todo club, hará lo que sea por seguir en la senda del éxito. Si fue capaz de imitar el perfil de jugadores, también puede imitar la idea de juego que está cosechando éxitos. El Real Madrid ha hecho ese viaje y le ha salido bien. Pero es un viaje de un solo sentido: cuando el Barça ha intentado ser el Real Madrid no ha salido bien. Y es algo que no se debe olvidar en tierras catalanas.
Mientras, Xabi Alonso está en camino.


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